No hace tanto, una empresa llegó a avergonzarse tanto de su propio producto que decidió enterrar miles de unidades en el desierto. No por defectos de fábrica peligrosos, ni por residuos tóxicos. La razón era mucho más humillante: era un videojuego horrible. Tan horriblemente malo que su fracaso fulminante dinamitó una compañía entera y se convirtió en la leyenda urbana más jugosa de la historia del ocio electrónico. ¿Te imaginas un nivel de desastre tan épico que la única solución fuera borrarlo del mapa? Pues prepárate, porque esta historia es flipante.
El Gigante que Tropezó con un Pequeño Extraterrestre
A principios de los años 80, Atari era el rey indiscutible. Su nombre era sinónimo de videojuegos, y su consola Atari 2600 estaba en millones de hogares. Tenían la corona, el trono y el dinero para hacer lo que quisieran. Entonces, llegó la oportunidad de oro: conseguir los derechos del fenómeno cinematográfico del momento, la película de Steven Spielberg, E.T. el Extraterrestre. ¡Un éxito asegurado! Un juego basado en una de las películas más taquilleras de todos los tiempos no podía fallar. ¿Verdad?
Pues resulta que sí, podía fallar. Y lo hizo, de la manera más espectacular posible. Los ejecutivos de Atari estaban tan convencidos del éxito que no escatimaron: pagaron entre 20 y 25 millones de dólares por la licencia. Una cifra desorbitada para la época. La idea era tener el juego listo para la campaña navideña de 1982, lo que dejaba un plazo de desarrollo ridículamente corto. ¿Cuánto? ¡Menos de seis semanas! Sí, has leído bien. Un solo desarrollador, Howard Scott Warshaw, tuvo la titánica tarea de crear un juego completo en ese tiempo.
Para entender mejor el contexto de esta historia, desde su ambicioso origen hasta la excavación que confirmó el mito, este breve documental ofrece una visión completa de uno de los mayores desastres de la historia de los videojuegos.
El Fracaso del Siglo: De la Ilusión a la Humillación
Con semejante presión y tan poco tiempo, el resultado era casi una profecía autocumplida. El juego de E.T. para Atari 2600 no era divertido. De hecho, era frustrante, confuso y repetitivo. El objetivo era recolectar piezas de un teléfono interplanetario, pero E.T. caía constantemente en pozos de los que era casi imposible salir. La jugabilidad era un desastre, los gráficos apenas reconocibles y la experiencia general, simplemente exasperante.
A pesar de la calidad infame, Atari fabricó la friolera de cinco millones de cartuchos. Las proyecciones de ventas eran estratosféricas, anticipando que sería el regalo estrella de la Navidad. Pero la realidad golpeó con la fuerza de un meteorito. Las ventas fueron catastróficas. De esos cinco millones, solo se vendieron alrededor de 1.5 millones. El resto, unos 3.5 millones de cartuchos, se quedaron acumulando polvo en almacenes. ¿Qué haces con millones de unidades de un producto invendible, que te ha costado una fortuna en licencias, desarrollo y fabricación? La respuesta de Atari fue tan drástica como increíble.
El Secreto Enterrado en Alamogordo
La leyenda urbana comenzó a circular casi de inmediato. Se decía que, para deshacerse de la vergüenza y evitar una depreciación masiva de sus existencias, Atari había optado por una solución radical: enterrar los cartuchos. Pero no en un pequeño vertedero cualquiera. Se hablaba de un entierro masivo, secreto, en algún lugar recóndito del desierto.
Durante décadas, esta historia fue un chisme. ¿De verdad una empresa haría algo así? ¿Tantos cartuchos? La magnitud de la historia la hacía parecer más un mito que una realidad. Sin embargo, en 1983, camiones cargados con millones de juegos de Atari, no solo de E.T. sino también de otros fracasos como Pac-Man (una adaptación pésima), se dirigieron a un vertedero en Alamogordo, Nuevo México. Allí, bajo la atenta mirada de las autoridades locales y con el fin de ocultar el desastre, fueron cubiertos con una capa de hormigón para evitar que nadie pudiera desenterrarlos fácilmente o, peor aún, que niños curiosos se hiciesen con ellos.
El «Crack de los videojuegos» de 1983 fue inminente, y aunque E.T. no fue el único culpable, fue sin duda el clavo más grande en el ataúd de Atari, llevando a la compañía a una crisis financiera de la que nunca se recuperaría del todo y que reconfiguraría la industria para siempre.
La Verdad Desenterrada: ¡No Era Una Leyenda!
Avancemos hasta 2014. El mito de los cartuchos enterrados persistía, pero aún era eso: un mito. Fue entonces cuando un equipo de documentalistas, financiado por Microsoft, decidió ir en busca de la verdad. Obtuvieron permisos, contrataron excavadoras y, bajo la expectación de un equipo de arqueólogos, periodistas y, por supuesto, muchísimos fans de los videojuegos, se pusieron a cavar en el vertedero de Alamogordo.
¿Y qué encontraron? ¡Lo que nadie esperaba! Cientos de miles de cartuchos. Primero, fueron apareciendo otros juegos de Atari. Luego, llegó el momento álgido: un cartucho verde. Inconfundible. ¡E.T.! La leyenda era real. La vergüenza corporativa de una era había sido desenterrada en el vertedero de Nuevo México, confirmando una de las historias más inverosímiles y fascinantes del mundo de la tecnología y el entretenimiento.
La excavación no solo recuperó cartuchos, sino que desenterró una pieza tangible de la historia de los videojuegos, un monumento al fracaso estrepitoso y al poder del boca a boca (incluso cuando el boca a boca lleva a un entierro secreto en el desierto). Los cartuchos recuperados se convirtieron en piezas de museo, algunos se vendieron por miles de dólares como reliquias, y la historia de E.T. de Atari se cimentó no solo como una advertencia sobre la prisa y la ambición desmedida, sino también como un recordatorio de que, a veces, las historias más locas son las más ciertas.
¿Te has parado a pensar cuántos otros «secretos» enterrados andan por ahí, esperando ser desenterrados y cambiar nuestra percepción de la historia? El mundo, sin duda, es flipante.






