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Whittier, Alaska: el pueblo donde casi todos viven en un edificio

Whittier, Alaska: el pueblo donde casi todos viven en un edificio

Puerto deportivo de Whittier, Alaska, rodeado de montañas cubiertas de nieve y niebla

En Whittier, Alaska, la vida cabe en un solo edificio (y no es una metáfora)

Sales al exterior y el aire te corta la cara como si alguien hubiera dejado el congelador abierto toda la noche. Frente a ti, un bloque enorme de hormigón se levanta junto al agua, con aspecto de edificio “normal”… hasta que entiendes lo raro: casi todo el pueblo vive ahí dentro. No es un campus, no es un cuartel, no es un hotel. Es el lugar donde la gente duerme, compra, va a correos, se cruza con el vecino y, con suerte, no tiene que pelearse con el viento para hacerlo.

Ese edificio se llama Begich Towers y está en Whittier, una pequeña localidad de Alaska. La cifra exacta de habitantes varía según el recuento y el momento, pero se mueve alrededor de unos pocos cientos; en artículos divulgativos se menciona a menudo un número en torno a 272 residentes. Lo llamativo no es tanto cuántos son, sino dónde están: concentrados en un solo bloque como si el pueblo hubiera decidido vivir en “modo apartamento” para sobrevivir al paisaje.

Si quieres ampliar el contexto, puedes ver la ficha de Begich Towers en Wikipedia o el reportaje de CBS News sobre el edificio donde vive casi todo Whittier.

Y si te apetece una mirada más visual, aquí tienes un vídeo que ayuda a entender por qué este lugar se ha convertido en un símbolo de “pueblo vertical”:

Un pueblo al borde del agua… y al borde del clima

Whittier está encajado entre montañas y mar, en una zona donde el clima no es precisamente un invitado amable. Aquí el viento, la lluvia y la nieve no son “incidencias”: son parte del sistema operativo. En un lugar así, la idea de salir de casa para ir a por leche puede parecerse a lo que tú haces cuando bajas a tirar la basura en pijama… solo que con la versión extrema del universo: frío, rachas, humedad y visibilidad caprichosa.

Begich Towers, el único edificio de apartamentos donde vive casi toda la población de Whittier, Alaska
El edificio Begich Towers, hogar de casi todos los habitantes de Whittier

Por eso, la vida “bajo un mismo techo” no suena tan excéntrica cuando la miras desde el punto de vista práctico. Si el exterior es hostil buena parte del año, minimizar desplazamientos se convierte en una estrategia de supervivencia cotidiana. Como cuando en un aeropuerto grande buscas quedarte en la zona de puertas porque fuera hace un calor insoportable, pero multiplicado por semanas enteras de meteorología complicada.

Begich Towers: de idea militar a hogar comunitario

Begich Towers no nació como un experimento social moderno ni como un capricho arquitectónico. Se construyó en el contexto de la Alaska del siglo XX, cuando la presencia militar y la infraestructura asociada tenían un peso real en la región. En distintas fuentes divulgativas se menciona que el edificio se levantó en 1957 (dato que suele repetirse en artículos sobre Whittier). Con el tiempo, lo que pudo haber sido un bloque funcional para otro propósito acabó reconvertido en el corazón residencial del pueblo.

El resultado es un edificio que funciona como una especie de “pueblo vertical”. No es que dentro haya literalmente todo lo que existe en una ciudad grande, pero sí lo suficiente para que el día a día pueda ocurrir sin salir demasiado. Es como si un centro comercial, un bloque de viviendas y una pequeña plaza cubierta se hubieran puesto de acuerdo para convivir sin hacerse demasiadas preguntas.

¿Qué hay dentro? Lo suficiente como para que el exterior sea opcional

Lo más fascinante de Whittier no es solo la anécdota de “viven todos en el mismo edificio”, sino la lógica de lo cotidiano. En Begich Towers se han mencionado servicios y espacios que permiten a los residentes resolver necesidades básicas sin exponerse al clima cada dos por tres. Dependiendo de la época y de cómo se describa en cada reportaje, aparecen elementos como oficina de correos, pequeñas tiendas o accesos internos a otros puntos del pueblo.

Hay algo casi tranquilizador en esa idea: una vida donde la calle no es el lugar principal de encuentro, sino el pasillo, el ascensor, el vestíbulo. Cambia la coreografía social. En una ciudad “normal”, te cruzas con gente en la acera o en el bar de la esquina; aquí, te los cruzas en el rellano. Es el equivalente a vivir en un edificio donde siempre te encuentras al vecino… pero con la diferencia de que ese vecino es, literalmente, medio pueblo.

La intimidad y el roce: el precio de la comodidad

Concentrar a una comunidad en un solo bloque tiene un lado práctico evidente, pero también un efecto secundario inevitable: la convivencia se vuelve más intensa. En un pueblo disperso, puedes pasar días sin ver a ciertas personas. En un “pueblo vertical”, la probabilidad de encuentros se dispara. Es como trabajar en una oficina pequeña: incluso si no quieres, acabas sabiendo quién está de buen humor, quién tiene prisa y quién se ha quedado sin café.

Eso puede generar sensación de comunidad, de apoyo mutuo, de “aquí nos conocemos”. Y también puede resultar asfixiante en ciertos momentos. No porque el edificio sea una cárcel, sino porque la vida compartida reduce el anonimato. En un lugar donde el clima ya limita, el espacio social también se comprime.

Whittier no solo es un edificio: es un lugar con una geografía muy particular

Conviene no caer en la caricatura: Whittier no es una distopía de hormigón en mitad de la nada. Es un pueblo costero con historia, con puerto y con una relación muy concreta con su entorno. La sensación de aislamiento es real, pero no es “el fin del mundo” en el sentido romántico; es más bien un sitio donde la logística manda y donde la naturaleza pone las reglas.

Parte del encanto —y de la rareza— de Whittier es que su urbanismo parece diseñado por alguien que pensó: “¿Y si hacemos que el invierno no nos gane por cansancio?”. En muchos lugares, la arquitectura se adapta al clima con tejados inclinados o buenos aislamientos. Aquí, la adaptación es más radical: concentrar la vida.

Para una visión más amplia del lugar y su historia reciente, también existe un especial interactivo de CNN sobre Whittier y su “pueblo vertical”.

Un “experimento” que no pretendía serlo

Cuando se cuenta Whittier en clave de curiosidad, suena a experimento social: “un pueblo dentro de un edificio”. Pero lo interesante es que no parece surgir de una utopía planificada, sino de una suma de circunstancias: infraestructura existente, clima duro, población reducida, necesidades prácticas.

En ese sentido, Whittier se parece a esas soluciones domésticas que haces sin darte cuenta de que estás inventando algo: pones una mesa en un rincón porque ahí da la luz, luego añades una lámpara, luego una estantería… y de pronto has creado tu “zona de trabajo” sin llamarla así. Aquí, la comunidad ha acabado usando un edificio como eje vital porque era lo que tenía sentido.

Analogías para entenderlo: vivir como en un crucero, pero sin buffet infinito

Si necesitas una imagen mental, piensa en un crucero. No por el lujo (no va de eso), sino por la idea de que muchas funciones de la vida están contenidas en una estructura cerrada, pensada para que no dependas del exterior. En un crucero te mueves por pasillos, escaleras, ascensores; te cruzas con gente siempre; el “afuera” es espectacular, pero no siempre apetece salir a cubierta.

Otra comparación útil: es como vivir en un bloque de apartamentos con “vida de barrio” incorporada, donde bajar a por un paquete o comprar algo básico no implica ponerse el abrigo de expedición. En lugares templados, eso es comodidad. En Whittier, puede ser la diferencia entre “hoy hago recados” y “hoy mejor no me la juego”.

Lo que se gana (y lo que se pierde) cuando el pueblo es un pasillo

La idea de que casi todos vivan en Begich Towers tiene un magnetismo inmediato: suena a rareza, a titular perfecto. Pero lo que de verdad engancha es lo que implica sobre cómo se organiza una comunidad cuando el entorno te obliga a simplificar.

Se gana eficiencia: menos desplazamientos, más facilidad para encontrarse, cierta protección frente al clima. También se gana una especie de “memoria compartida” del edificio: cada reforma, cada cambio, cada anécdota se vuelve conversación común.

Se pierde dispersión, variedad de espacios, la posibilidad de “desaparecer” un rato sin que nadie te vea. Y se pierde, quizá, esa idea clásica de pueblo con casas separadas, calles como escenario y plazas como punto de encuentro. Aquí el encuentro puede ser el ascensor, y la plaza puede ser un vestíbulo.

La curiosidad final no es el edificio: es la pregunta que deja

Whittier se cuenta como una extravagancia geográfica, pero en el fondo es una historia sobre adaptación. En un mundo donde muchas ciudades crecen hacia afuera, aquí la vida se apila hacia arriba para resistir. Y te deja una duda incómoda y bonita a la vez: si el entorno te obligara a concentrar tu vida en un solo lugar, ¿qué echarías de menos primero: el espacio… o la posibilidad de no encontrarte a nadie en el pasillo?

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