El maratón más loco de la historia: Trampas, veneno y perros salvajes (San Luis 1904)
Corría el año 1904 en San Luis, y el público, extasiado, aclamaba al primer corredor que cruzaba la meta de la maratón olímpica. Fred Lorz, con una sonrisa de oreja a oreja, se disponía a recibir su medalla de oro. La imagen era perfecta, digna de los incipientes Juegos Olímpicos. Pero había un pequeño detalle, una verdad que estaba a punto de desvelarse y que convertiría aquella hazaña en una de las mayores vergüenzas (y comedias) del deporte.
Lorz no había corrido los 40 kilómetros del recorrido. O, al menos, no todos. Hacía varios kilómetros que un calambre insoportable le había obligado a subirse a un coche que pasaba por allí. Se había apeado justo antes del estadio, fresco como una lechuga, para hacer su entrada triunfal. Cuando alguien lo denunció, el descaro fue tal que hasta su madre, que lo esperaba eufórica, no pudo evitar reírse. La descalificación fue inmediata. Y, así, lo que prometía ser una victoria histórica se convirtió en el primer gran fiasco olímpico.
La historia de Lorz es solo el aperitivo. Para hacerse una idea del caos que reinó en aquella jornada, nada mejor que una recreación visual que resume este cúmulo de despropósitos. Abróchate el cinturón.
Cuando el deporte era una aventura salvaje
Pero si pensabas que el maratón de San Luis de 1904 fue simplemente la historia de un tramposo y un coche, estás a punto de descubrir que aquello fue mucho más que una anécdota. Fue un festival de lo absurdo, una oda al despropósito que hoy nos parece una broma pesada, pero que entonces, con la inocencia y el experimentalismo de los primeros Juegos modernos, simplemente… ocurrió.
Para entender el nivel de desquicio, sitúate en San Luis, en pleno verano de Misuri. Un calor sofocante, una humedad aplastante y una pista polvorienta que no invitaba precisamente a correr 40 kilómetros. El recorrido, además, no era precisamente un idílico paseo campestre. Se trataba de un trayecto infame que alternaba caminos de tierra sin pavimentar, salpicados de piedras, con tramos de asfalto. El polvo que levantaban los vehículos de los periodistas, que seguían la carrera, era tan denso que cegaba a los corredores y les irritaba los pulmones.
La organización fue, digamos, «minimalista». Solo había dos puntos de agua en todo el recorrido. ¡Dos! Para una maratón con temperaturas que rozaban los 32 grados centígrados. No había avituallamiento, no había asistencia médica organizada, solo el desierto, los corredores y la sed.
Veneno, zapatos de vestir y perros salvajes: Los verdaderos héroes y villanos
Pero volvamos a la carrera, porque la historia de Fred Lorz es solo la punta del iceberg. El verdadero ganador, tras la descalificación de Lorz, fue Thomas Hicks. Y su victoria no fue menos peculiar.
Hicks, un metalúrgico de 28 años, estaba al borde del colapso. Sus entrenadores, en un intento desesperado por mantenerlo en pie, le suministraron una mezcla que hoy haría palidecer a cualquier agencia antidopaje: estricnina diluida en brandy. Sí, estricnina, un potente veneno en dosis bajas, supuestamente como estimulante. A esto le sumaron huevos y café. La estricnina, por supuesto, no le dio superpoderes, pero sí le provocó alucinaciones y espasmos durante el final de la carrera. Dicen que sus últimas millas fueron un ballet de tambaleos y contorsiones. Pero llegó, agotado y casi sin conocimiento, para llevarse la medalla de oro.
Otro personaje para enmarcar fue Félix Carvajal, un cartero cubano con un espíritu inquebrantable y un sentido del humor a prueba de balas. Carvajal llegó a San Luis sin dinero, sin equipo y con la ropa que llevaba puesta. Corrió la maratón con zapatos de vestir, camisa de manga larga y pantalones oscuros. A mitad de carrera, para aligerar la carga y, quizás, el calor, cortó las mangas y los bajos de sus pantalones con unas tijeras que encontró. Pero su mayor aventura llegó cuando la sed y el hambre apretaron. Vio un manzano al borde del camino y, sin dudarlo, se detuvo a comer las manzanas que encontró en el suelo. El problema es que estaban podridas. El resultado: un dolor de estómago espantoso que lo obligó a echarse una siesta de varias horas al borde del camino. Sorprendentemente, terminó la carrera en cuarto lugar.
La lista de calamidades no termina ahí:
- Los dos representantes sudafricanos, Len Tau y Jan Mashiani, corrieron descalzos, como era su costumbre. Tau fue perseguido por perros salvajes durante un buen trecho del recorrido, lo que le hizo perder valiosos minutos y desviarse de la ruta.
- Otro corredor, William Garcia, inhaló tanto polvo de la carretera, levantado por los coches de los periodistas que seguían la carrera, que sufrió una hemorragia estomacal y tuvo que ser hospitalizado de urgencia.
- Numerosos atletas colapsaron por deshidratación y agotamiento extremo.
De los 32 atletas que tomaron la salida, solo 14 lograron terminar. Y de esos 14, la mayoría lo hizo en un estado cercano al colapso. La tasa de abandono fue brutal, un testamento a la barbarie de las condiciones y la improvisación de la época.
¿Por qué tanto despropósito?
¿Cómo es posible que algo así sucediera en unos Juegos Olímpicos? Hay que recordar que los Juegos de San Luis 1904 fueron los primeros celebrados en Norteamérica y estaban íntimamente ligados a la Feria Mundial de San Luis. La prioridad no era la excelencia deportiva, sino más bien el espectáculo y la novedad. El deporte profesional tal como lo conocemos hoy estaba en pañales, y las normativas eran… fluidas, por decir algo. Los Juegos eran más una curiosidad, una atracción más de la feria, que un evento deportivo de primer nivel. Esto explica en parte el caos, la falta de preparación y la laxitud de las reglas que hoy nos parecen inimaginables.
Mirando atrás, el maratón de San Luis de 1904 es un recordatorio hilarante de cómo el deporte, en sus inicios, era una aventura salvaje, sin pulir, donde el ingenio, la suerte y, sí, también la picardía, jugaban un papel tan importante como la resistencia física. Hoy, con cronómetros digitales, nutricionistas deportivos y controles antidopaje rigurosos, nos resulta inimaginable un escenario así. Pero quizás sea precisamente en estas historias rocambolescas, en estos errores de cálculo monumentales, donde reside la verdadera magia del deporte y la historia humana: su impredecibilidad y su capacidad para sorprendernos hasta el extremo.
Por suerte, El Mundo es Flipante está lleno de historias donde la lógica se pone a prueba. Desde deportes tan brutales como la Carrera del Queso: La increíble y brutal tradición de Cooper’s Hill hasta rarezas conceptuales como Passage: El impactante juego filosófico que se juega solo, te invitamos a explorar más rincones de este blog.





