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Guerra Fría: Proyecto Camelot, el Escándalo Social de EE. UU.
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La idea suena a la trama de una novela de espías o a una distopía: un equipo de mentes brillantes, financiadas por la nación más poderosa del mundo, dedicadas a desentrañar los secretos del comportamiento humano. ¿Su misión? Predecir cuándo, dónde y por qué una sociedad podría estallar en una revuelta violenta. Y, por supuesto, una vez predicho, ¿por qué no evitarlo? Pues en los años sesenta, en el apogeo de la Guerra Fría, esto no era ficción. Era el Proyecto Camelot, un ambicioso intento de Estados Unidos de tejer la alfombra de la ciencia social bajo los pies de la geopolítica, con consecuencias tan previsibles como inesperadas.

La idea, en su superficie, era casi seductora: si puedes entender las dinámicas que llevan a la inestabilidad social en países del Tercer Mundo –que en aquel entonces eran un tablero de ajedrez ideológico entre el bloque occidental y el soviético–, podrías, en teoría, ayudar a los gobiernos aliados a mantener el orden. O, al menos, eso decían los papeles. La realidad, como suele ocurrir, era un poco más… pragmática. El ejército de los Estados Unidos quería saber dónde meter el dedo para que no saltara la chispa de la revolución, y el mejor lugar para empezar era financiando a sociólogos, antropólogos y psicólogos para que lo averiguaran.

El Nacimiento de un Gigante con Pies de Barro

A mediados de los años sesenta, el mundo estaba en ebullición. Las guerras de descolonización, los movimientos de liberación y las tensiones ideológicas marcaban el pulso diario. La Guerra Fría no se libraba solo con misiles nucleares; también se combatía en las mentes y los corazones de las poblaciones. Y en este escenario, la preocupación del Departamento de Defensa de EE. UU. era palpable. La posibilidad de que naciones aliadas o «neutrales» cayeran en la órbita soviética por una insurrección interna era un fantasma que rondaba Washington.

Así, en 1964, bajo la batuta de la Oficina de Investigación Operacional (ORO) del Ejército, nacía el Proyecto Camelot. El nombre, evocador de la corte del Rey Arturo, sugería nobleza y una búsqueda de un orden ideal. La ironía era tan espesa que casi se podía cortar con un cuchillo: un proyecto militar, buscando la paz y la estabilidad a través del estudio de la violencia, el conflicto y la insurgencia. Pero no un estudio cualquiera. Camelot era un proyecto masivo, con un presupuesto que hoy consideraríamos multimillonario, diseñado para modelar sociedades enteras.

La ambición era inmensa. Querían crear un modelo predictivo, una especie de bola de cristal académica, que pudiera:

  • Identificar los factores que llevan a la inestabilidad social.
  • Predecir la probabilidad y el tipo de revuelta en diferentes contextos.
  • Evaluar la efectividad de las acciones gubernamentales para prevenir o contener estas revueltas.

Imagina la sonrisa de un general leyendo un informe que le dijera, con un margen de error mínimo, que la agitación en el país X aumentaría un 15% el próximo trimestre debido a la inflación del arroz. Esa era la promesa.

Científicos, Espías y un Escándalo Internacional

Para llevar a cabo tal proeza, se reclutó a un elenco de luminarias de las ciencias sociales. Profesores universitarios de prestigio, investigadores reputados y estudiantes de doctorado fueron atraídos por la financiación y el desafío intelectual. El plan era desplegar equipos de campo en varios países de América Latina, Asia y África. ¿Y qué mejor lugar para empezar que Chile?

Fue precisamente en Chile donde el castillo de naipes de Camelot empezó a tambalearse. Un sociólogo noruego, Johan Galtung, una figura clave en la investigación para la paz, de visita en el país sudamericano, se topó con el proyecto. Al profundizar en sus objetivos y en la financiación militar detrás de él, Galtung no tardó en percibir las implicaciones más profundas, y mucho menos benignas, de lo que parecía una investigación académica. La idea de que científicos sociales de una potencia extranjera estuvieran estudiando a la población chilena con el fin último de «controlar» posibles revoluciones, o de ayudar a las élites a hacerlo, era dinamita.

Galtung alertó a sus colegas chilenos, quienes, a su vez, informaron al gobierno. La noticia se extendió como la pólvora, no solo en Chile sino por toda América Latina. La indignación fue inmediata y virulenta. ¿Era esto una nueva forma de colonialismo? ¿Un espionaje disfrazado de ciencia? La prensa chilena estalló en titulares. El embajador estadounidense en Chile, Ralph Dungan, que no había sido informado del proyecto por el Pentágono, se encontró en una posición incómoda y ridícula. Y, para rematar, el entonces senador estadounidense J. William Fulbright, un conocido crítico de la intervención militar, lo calificó de «ejemplo de intromisión militar en asuntos civiles».

La Caída del Reino de Camelot

La presión política y diplomática se hizo insostenible. En apenas unos meses desde su revelación, el Proyecto Camelot fue cancelado abruptamente en julio de 1965. No por falta de ambición o de presupuesto, sino por la luz pública que expuso sus contradicciones más flagrantes. El «estudio desinteresado» de la sociedad para «prevenir la violencia» se reveló, ante los ojos del mundo, como una herramienta potencial para el control social y la injerencia política de una superpotencia.

Las secuelas de Camelot fueron profundas. Marcó un punto de inflexión en la relación entre las ciencias sociales y los intereses militares o de inteligencia. Se generó un intenso debate ético sobre la independencia de la investigación académica, la responsabilidad de los científicos y los peligros de la financiación militar. Muchos académicos de la época se sintieron traicionados y, a partir de entonces, se estableció una desconfianza duradera hacia cualquier proyecto que mezclara la investigación social con agendas ocultas de seguridad nacional, sentando un precedente en debates éticos que volverían a estallar con casos como el de Tuskegee: El Impactante Experimento de Sífilis y la Ética.

¿Una lección aprendida?

Hoy, al recordar el Proyecto Camelot, uno no puede evitar una sonrisa irónica. La ingenuidad, o quizá la arrogancia, de pensar que la complejidad infinita de las sociedades humanas podía ser reducida a un modelo predictivo para el control militar, es asombrosa. Pero, ¿hemos aprendido realmente la lección? La tentación de «optimizar» el comportamiento humano, de predecir y prevenir lo indeseable, sigue siendo un motor potente, aunque ahora se vista con ropajes de «big data» o «inteligencia artificial».

Al final, la historia de Camelot nos recuerda que la búsqueda de conocimiento, por noble que parezca, nunca es neutral. Siempre tiene un contexto, unos financiadores y unas implicaciones. Y que las sociedades, por mucho que se les estudie, siempre guardan la imprevisibilidad más preciada: la de la libertad humana. Quizás por eso, El Mundo es Flipante, precisamente porque no es tan fácil de predecir.

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La delgada línea entre la ciencia, la ética y el poder ha dado lugar a episodios tan fascinantes como inquietantes. No te pierdas: