En medio del desierto de Nevada, bajo un sol castigador, el cielo se desgarra con una explosión que supera cualquier trueno jamás oído. Una bola de fuego se eleva, expandiéndose a una velocidad vertiginosa, seguida por una columna de humo y polvo que forma el hongo más aterrador que el ser humano ha sido capaz de crear. Y entonces, a miles de soldados se les da una orden que desafía la lógica, la supervivencia y el más básico instinto de conservación: “Marchad hacia el hongo”.
Parece una fantasía macabra, ¿verdad? Una escena sacada de una película de ciencia ficción distópica. Pero no lo es. Es historia, pura y dura, y sucedió en el corazón de Nevada, en 1957. El Ejército de Estados Unidos, en su infinita sabiduría, decidió que la mejor manera de entender los efectos de las armas atómicas en el campo de batalla era, precisamente, exponer a sus propios soldados a ellas.
Cuando la Curiosidad Militar Superó la Prudencia
La operación tenía un nombre pomposo, casi inofensivo: Operación Plumbbob. Detrás de ese nombre se escondía una serie de pruebas nucleares atmosféricas, la más grande de su tipo realizada en el Nevada Test Site. Pero no se trataba solo de probar la potencia de las bombas. No, el giro de tuerca aquí era el factor humano. Había que observar cómo reaccionaban los hombres, cómo se desenvolverían en un entorno post-nuclear. Una especie de simulacro de guerra, solo que con munición real y letal.
Durante los meses de verano de 1957, se detonaron veintinueve ingenios nucleares. Y en al menos diecisiete de esas pruebas, miles de soldados, marineros e infantes de marina fueron expuestos de forma intencionada. El razonamiento oficial era prepararlos para un posible conflicto nuclear. Querían ver si los soldados podrían operar vehículos, excavar trincheras o incluso llevar a cabo ofensivas después de una explosión atómica.
Marchando Hacia la Desconocida Radiación
Uno de los ejemplos más escalofriantes es la prueba conocida como Smoky. El 31 de agosto de 1957, una bomba de 44 kilotones fue detonada en una torre de más de 200 metros de altura. Apenas una hora después de la explosión, más de tres mil soldados recibieron la orden de marchar a pie o en vehículos anfibios hacia la zona cero. Algunos se quedaron a menos de 4,5 kilómetros del epicentro de la detonación, todavía con la nube radioactiva sobre sus cabezas.
Se les dijo que la exposición a la radiación sería mínima, que estaban «a salvo». Que era para el «progreso de la ciencia» y la «seguridad nacional». Imagínate la escena: hombres jóvenes, muchos de ellos reclutas, avanzando con una mezcla de miedo, disciplina y una ignorancia forzada sobre lo que realmente estaban pisando. La paradoja es mordaz: buscaban proteger a la nación exponiendo a sus propios hijos a un enemigo invisible y potencialmente letal.
Los Veteranos Atómicos: Un Legado Silencioso
Lo que no sabían, y lo que las autoridades militares tardarían décadas en reconocer, es que esos hombres estaban siendo expuestos a niveles significativos de radiación ionizante. La radiación no es una bala que te mata al instante (a menos que sea una dosis masiva), sino un veneno lento, que altera el ADN, siembra el caos celular y se manifiesta años, incluso décadas después.
Los años siguientes fueron un rosario de enfermedades. Miles de estos veteranos atómicos desarrollaron diversos tipos de cáncer – leucemia, linfoma, tumores cerebrales y tiroideos, entre otros. Las tasas de estas enfermedades entre ellos eran significativamente más altas que en la población general. Muchos de sus hijos también sufrieron de defectos congénitos, un posible testimonio de cómo la radiación puede alterar la herencia genética.
Durante mucho tiempo, sus quejas fueron desestimadas. El gobierno mantuvo una postura de negación, minimizando la conexión entre las pruebas y las enfermedades de los soldados. El secretismo en torno al programa nuclear era absoluto, lo que dificultaba que estos hombres, ahora enfermos y olvidados, pudieran demostrar el origen de sus males. ¿Cómo probar algo cuando toda la información relevante estaba clasificada?
Fue solo gracias a décadas de lucha, de testimonios y de la perseverancia de organizaciones de veteranos, que la verdad empezó a salir a la luz. A finales de los años 70 y principios de los 80, el Congreso de Estados Unidos comenzó a investigar y, finalmente, se establecieron programas de compensación para los afectados y sus familias. Una tardía y agridulce victoria para quienes habían sido sacrificados en el altar de la experimentación militar.
Una Mirada al Espejo de la Ética
La Operación Plumbbob y otras pruebas similares plantean una pregunta incómoda: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar en nombre de la seguridad nacional o el avance científico? La ironía es palpable: en su afán por comprender los peligros de la guerra atómica, el ejército de EE. UU. convirtió a sus propios hombres en las primeras víctimas de esa misma guerra, aunque a cámara lenta.
Nos obliga a reflexionar sobre la ética en la toma de decisiones, especialmente cuando se trata de la vida humana. Estos soldados no eran conejillos de indias voluntarios, sino hombres bajo juramento que obedecieron órdenes, confiando en que sus líderes velarían por su bienestar. Una confianza que, para muchos, resultó mortal.
Hoy, la historia de los veteranos atómicos sirve como un recordatorio sombrío de los límites que, a veces, se cruzan en la búsqueda del conocimiento o del poder. Porque la historia, como un eco persistente, siempre vuelve para recordarnos las lecciones que, quizás, nos negamos a aprender. Si te ha fascinado esta cruda realidad, te invito a seguir explorando las increíbles y a menudo perturbadoras curiosidades de nuestro pasado en El Mundo es Flipante.





