El bisturí no siempre es un instrumento de precisión que sana. A veces, en las manos equivocadas, o en la mente de un genio desesperado, se convierte en la herramienta de una de las mayores atrocidades médicas condecoradas con el mismísimo Premio Nobel. Hubo un tiempo, no hace tanto, en que la “cura” para la locura implicaba entrar en tu cabeza y, sencillamente, destrozar parte de ella. Miles de personas pasaron por ello. Y sí, al inventor de la técnica, se le premió. La historia de la lobotomía no es solo un capítulo oscuro de la medicina; es un recordatorio escalofriante de lo que sucede cuando la desesperación y la ambición se encuentran en el quirófano. ¿Estás listo para entender por qué?
La desesperación de los manicomios
Piensa en los hospitales psiquiátricos de principios del siglo XX. No eran lugares de rehabilitación, ni mucho menos. Eran depósitos de almas, fortalezas de la desesperación. Gritos, camisas de fuerza, electrochoques brutales, baños de hielo… La ciencia médica, en ese momento, estaba prácticamente atada de manos ante enfermedades como la esquizofrenia o la depresión severa. La mayoría de los pacientes terminaban viviendo vidas de reclusión, completamente incapacitados.
En este panorama desolador, cualquier rayo de esperanza, por tenue o radical que fuera, se agarraba con uñas y dientes. Y así es como entra en escena el neurólogo portugués António Egas Moniz.
Egas Moniz y el nacimiento de una barbaridad
Era la década de 1930. Moniz, un hombre brillante pero polémico, creía que las enfermedades mentales se debían a conexiones neuronales anormales en el cerebro. Su idea era simple (y aterradoras): si cortabas esas conexiones, podrías “rebootear” la mente, calmar los tormentos. En 1935, realizó su primera leucotomía prefrontal. La técnica original no era la del picahielo que todos imaginamos; implicaba perforar el cráneo y usar un instrumento llamado leucótomo para cortar las fibras nerviosas que conectaban el lóbulo frontal con otras partes del cerebro. ¿El objetivo? Reducir la ansiedad, las obsesiones y la agitación.
Los primeros resultados parecían prometedores. Algunos pacientes, antes violentos o catatónicos, se volvían dóciles, incluso contentos. Pero, ¿a qué precio? La personalidad, la iniciativa, la chispa de la vida… todo eso, a menudo, se evaporaba. Pero en un mundo que no tenía otra respuesta, la lobotomía empezó a ganar tracción. ¡Imagínate la euforia inicial!
Freeman: El showman del picahielo
La historia de la lobotomía toma un giro aún más oscuro con el neurólogo estadounidense Walter Freeman. Freeman, que nunca fue cirujano, quedó fascinado por la técnica de Moniz. Su visión era masificarla, hacerla accesible, rápida. Y así fue como, en 1946, desarrolló la infame lobotomía transorbital, también conocida como la “lobotomía del picahielo”.
Sí, leíste bien: picahielo. O, para ser más precisos, un instrumento similar. El procedimiento de Freeman era espeluznante en su simplicidad: levantaba el párpado del paciente, insertaba un picahielo fino entre el globo ocular y la cavidad ocular, y con un martillo, lo introducía hasta romper el delgado hueso que separaba el ojo del cerebro. Una vez dentro, movía el picahielo de un lado a otro para destruir el tejido frontal. Todo esto, a menudo, sin anestesia general, solo con un choque eléctrico para inducir una convulsión que «relajara» al paciente. ¡Podía realizar una en apenas diez minutos!
Freeman era un auténtico evangelista de la lobotomía. Viajó por todo Estados Unidos en su «lobotomobile», realizando demostraciones públicas, llegando a operar a miles de personas, incluyendo a niños. Su ambición y la falta de escrúpulos eran pasmosas. Los pacientes quedaban, en muchos casos, en un estado que él mismo describía como «calmado y dócil», pero que en realidad era una especie de «zombificación».
Miles de vidas «apagadas»
Se estima que, solo en Estados Unidos, se realizaron entre 40.000 y 50.000 lobotomías. Y se extendió por todo el mundo. Familias desesperadas, médicos convencidos de estar haciendo lo correcto, y pacientes sin voz. ¿Quiénes eran las víctimas? Personas con esquizofrenia, depresión, trastorno bipolar, pero también mujeres «histéricas», adolescentes rebeldes, e incluso presos o homosexuales. La lobotomía se convirtió en una solución rápida para eliminar a quienes se consideraban «problemáticos».
Los resultados eran devastadores. Muchos pacientes perdían su personalidad, su capacidad de sentir emociones complejas, su iniciativa. Se convertían en seres apáticos, dependientes, a menudo con incontinencia o falta de higiene. Sus cerebros, literalmente, habían sido dañados de forma irreversible. Era una «cura» que apagaba el alma.
El Premio Nobel más vergonzoso
Lo más difícil de comprender es que, en la cúspide de esta práctica tan cuestionable, llegó el reconocimiento. En 1949, António Egas Moniz fue galardonado con el Premio Nobel de Fisiología o Medicina «por su descubrimiento del valor terapéutico de la leucotomía en ciertas psicosis».
¡Un Nobel! Hoy en día, esta decisión es un punto negro indeleble en la historia del prestigioso premio. Ya en su momento hubo críticas y voces disidentes, pero el éxito aparente de la lobotomía para «calmar» a los pacientes inmanejables, junto con la desesperación de la época, pesaron más. Fue un ejemplo de cómo la ciencia, en su búsqueda de soluciones, puede tropezar horriblemente cuando la ética se deja a un lado.
El declive y la lección
Afortunadamente, la era de la lobotomía no duró para siempre. A medida que más pacientes morían por el procedimiento (la tasa de mortalidad era alarmante, ¡hasta un 6%!) o quedaban con daños cerebrales permanentes, las dudas crecieron. La crítica ética se hizo insostenible.
Pero lo que realmente sentenció su final fue la llegada de los primeros fármacos psicotrópicos eficaces a mediados de los años 50, como la clorpromazina. Por fin, había una alternativa no destructiva para tratar las enfermedades mentales. De repente, la lobotomía pasó de ser una «cura milagrosa» a la barbaridad que siempre fue.
La historia de la lobotomía es un recordatorio escalofriante de la fina línea que separa la innovación médica de la imprudencia, la desesperación de la ética. Nos enseña que la ciencia, por muy bienintencionada que sea, debe estar siempre guiada por una profunda humanidad y un respeto inquebrantable por la dignidad del paciente. Nos dejó miles de vidas truncadas, pero también una lección imborrable sobre la humildad en el avance del conocimiento. ¿Qué otras «curas» del pasado nos parecerían hoy una aberración similar?
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