Imagínate por un momento: dos ingenieros, cansados de las grandes corporaciones, charlando en un café cualquiera de Silicon Valley. No hay un plan maestro para revolucionar las comunicaciones del mundo, ni un inversor ansioso por un «unicornio» de la tecnología. Lo que hay es, más bien, una mezcla de aburrimiento post-empleo, una frustración latente con el estado de las cosas y una curiosidad casi infantil por trastear con las posibilidades de un nuevo dispositivo que acababa de salir al mercado: el iPhone. Es el año 2009, y lo que estás presenciando es el germen, la chispa minúscula, de lo que un día conocerías como WhatsApp.
De la Gran Y a la búsqueda de un nuevo camino
Nuestros protagonistas son Jan Koum y Brian Acton. Ambos habían pasado años de sus vidas en Yahoo!, la otrora gigante de internet. Y como suele pasar, cuando uno ha estado inmerso en un ecosistema tan grande, el salto al vacío de la libertad puede ser abrumador, pero también liberador. Tras sus respectivas salidas de la compañía, no solo compartían currículum, sino también una visión algo desencantada de la publicidad online y de cómo se estaba monetizando todo en la incipiente era de las aplicaciones.
Buscaban algo distinto, algo que no estuviera supeditado a los clics y los anuncios invasivos. La idea de Koum era simple en su origen, casi rudimentaria: quería una aplicación que le permitiera a él y a sus amigos mostrar su estado. ¿Un mensaje corto? ¿Una señal de que estabas disponible o ocupado? Algo así. Una aplicación que reflejara en tiempo real si estabas en el gimnasio, en una reunión o, quizás, con la batería del teléfono a punto de expirar.
Pero el camino hasta eso no fue una línea recta. Se barajaron ideas, se hicieron prototipos. Y aquí es donde la historia toma un giro inesperado, un detalle que a menudo se olvida en la narrativa del éxito fulgurante.
El juego de preguntas que nunca vio la luz… o casi
Antes de que WhatsApp fuera siquiera una idea de mensajería, hubo un momento en que su concepción original coqueteó con el formato de un juego. Sí, has leído bien. La aplicación que hoy usan miles de millones de personas para enviar mensajes, fotos y audios, pudo haber sido un pequeño y lúdico pasatiempo online. Imagínate por un momento un Koum y un Acton explorando la posibilidad de crear un juego interactivo, quizás de preguntas y respuestas, que aprovechara la incipiente tecnología de las notificaciones push del iPhone. La idea era generar una experiencia donde los usuarios pudieran interactuar a través de pequeños estados o respuestas a retos. Un juego social, pero primitivo.
Esta desviación, esta exploración del ocio digital, nos muestra lo orgánico que es el proceso de innovación. No siempre se parte con el destino final en mente. A veces, la verdadera joya se descubre al intentar pulir algo completamente distinto.
El giro inesperado: la revelación de las notificaciones push
La aplicación de los «estados» que Koum había desarrollado inicialmente no era del todo estable. Los fallos eran frecuentes, y la frustración era palpable. Estuvo a punto de rendirse, de colgar los guantes y buscar un trabajo tradicional, una vez más, en alguna gran empresa. Fue Brian Acton quien le animó a seguir, diciéndole: «Sería de locos que te rindieras ahora».
Y entonces, llegó el momento Eureka. A finales de 2009, Apple lanzó una actualización clave: las notificaciones push. Esta pequeña gran novedad cambió todo. Si la aplicación de estados de Koum podía avisar a los contactos cada vez que su estado cambiaba, ¿por qué no podía enviarles mensajes directos? La idea era que si el usuario cambiaba su estado a «Estoy en una reunión», todos los contactos que lo tuvieran en su lista de WhatsApp recibirían una notificación.
La revelación fue instantánea. Se dieron cuenta de que podían transformar la aplicación de estados en una herramienta de comunicación bidireccional. La gente no solo quería mostrar lo que estaba haciendo; quería hablar de ello. Y así, el concepto pivotó de un juego de estados a una aplicación de mensajería, aprovechando el número de teléfono como identificador, eliminando la necesidad de nombres de usuario y contraseñas. Nacía WhatsApp Messenger.
El crecimiento exponencial y el coloso de la comunicación
Lo que siguió fue un crecimiento orgánico, casi explosivo. La gente adoptó WhatsApp por su simplicidad, por su eficacia y, fundamentalmente, por su costo cero cuando los SMS tradicionales eran todavía caros. La ausencia de publicidad, la promesa de una comunicación «limpia», resonó profundamente en los usuarios. De unos pocos contactos de Koum y Acton, la aplicación pasó a millones en cuestión de meses.
La historia terminó con la adquisición de WhatsApp Inc. por parte de Facebook (hoy Meta) en 2014, por una cifra astronómica de 19 mil millones de dólares. Un destino que sus fundadores, por muy ambiciosos que fueran, difícilmente hubieran imaginado mientras trasteaban con aquella primera idea de un juego o de una simple actualización de estados.
Es fascinante, ¿no te parece? Cómo una aplicación que hoy es sinónimo de comunicación global, que ha redefinido nuestras relaciones y la forma en que interactuamos a diario, pudo haber tomado un camino tan distinto. De un intento por crear un pequeño juego de preguntas, o quizás un simple indicador de estado, a ser la mensajería instantánea por excelencia. Nos demuestra que las ideas más revolucionarias a menudo no nacen de planes grandilocuentes, sino de la curiosidad, la experimentación y, a veces, de un puñado de errores o giros inesperados. ¿Cuántas otras invenciones que damos por sentadas hoy en día habrán tenido un origen igual de peculiar?
El mundo está lleno de historias así, donde el azar, la persistencia y un poco de suerte se confabulan para dar forma a nuestro futuro. Si te ha picado la curiosidad por conocer más orígenes inesperados, te invitamos a seguir explorando los rincones más sorprendentes de la historia, la ciencia y la cultura en El Mundo es Flipante.







