¿Puede un mal chiste mejorar tu estado de ánimo? ¿Y si te dijéramos que existe un experimento que transformó los típicos chistes de “¿Por qué cruzó el pollo la carretera?” en una especie de terapia experimental? En el fascinante universo de la Psicología y el estudio del cerebro humano, nada es demasiado inusual. Hoy exploraremos uno de los experimentos más curiosos y divertidos que, literalmente, utilizó chistes malos como posible “tratamiento” para el ánimo y bienestar mental. ¡Prepara tu mejor sonrisa (o tu peor cara de “facepalm”), porque esta historia promete!
El origen del experimento: ¿Por qué justo chistes malos?
La idea nació de una pregunta audaz: ¿podía el humor, especialmente el más fallido e incómodo, tener efectos beneficiosos en el cerebro humano? Todos hemos escuchado chistes que no logran sacar ni una sonrisa, pero también sabemos lo contagioso que es reírse, incluso por lo ridículo de algo. Algunos psicólogos y neurólogos, fascinados por esta dualidad, diseñaron un experimento que tenía como protagonistas a los eternos marginados del humor: los chistes terribles.
¿Por qué los chistes malos son tan malos?
Los chistes malos normalmente provocan un gemido antes que una carcajada. Sin embargo, este extraño tipo de humor desencadena reacciones muy particulares en nuestro cerebro. Según estudios recogidos por Psyciencia, los chistes que nos hacen rodar los ojos activan regiones cerebrales distintas a las de los chistes inteligentes. La incomodidad, la sorpresa y el absurdo generan un coctel de emociones impredecible… pero efectivo.
¿En qué consistió el experimento?
El grupo experimental estaba compuesto por voluntarios con ánimo bajo, pero no diagnosticados con depresión clínica. Durante una semana, se les expuso a sesiones diarias en las que escuchaban y leían chistes malos, seleccionados por su bajo puntaje en escalas de humor y por haber sido citados comúnmente como los “peores chistes del mundo” (prepárate para algunos ejemplos más adelante).
La metodología: risas obligadas y efectos inesperados
Para medir el efecto, los investigadores recogían las reacciones de los voluntarios tras cada sesión. Se utilizaban cuestionarios de bienestar, niveles de estrés e incluso pruebas de creatividad después de escuchar los chistes. Paradójicamente, ¡algunos resultados fueron sorprendentes!
- Aumento moderado de buen ánimo: Escuchar malos chistes forzaba a los participantes a relajarse y, a veces, reírse casi por reflejo.
- Reducción de la autocrítica: La torpeza de los chistes creaba un ambiente donde cometer errores era gracioso en lugar de vergonzoso.
- Mejora en la creatividad: El tipo de humor absurdo fomentaba pensamientos “fuera de la caja”.
La ciencia detrás del chiste malo: ¿es terapia o tortura?
Según investigaciones en neuropsicología, el humor –incluso de baja calidad– ayuda a nuestro cerebro a soltar tensiones, cambiando la fisiología de quienes lo experimentan. Múltiples estudios recogidos en blogs como Psico y Más explican que la risa, genuina o provocada, activa neurotransmisores como la dopamina y las endorfinas, mejorando momentáneamente el ánimo.
¿Risas forzadas? Mejor que nada
El punto interesante está en que la risa, aunque sea fingida, aporta beneficios reales. Los chistes malos, al ser tan inesperados y romper con la lógica cotidiana, empujan al cerebro a buscar sentido (spoiler: rara vez lo encuentra) y eso genera una especie de “reseteo humorístico”. ¿Suena raro? ¡Justo por eso funciona!
Ejemplos reales de chistes malos usados en el experimento
Estos son algunos de los chistes seleccionados para las sesiones de terapia experimental (prepárate):
- ¿Por qué los pájaros no usan Facebook? Porque ya tienen Twitter.
- ¿Cómo se dice pañuelo en japonés? Saka-moko.
- ¿Cuál es el animal más antiguo? La cebra, porque está en blanco y negro.
¿Notaste algo? A pesar de lo malos que son, probablemente provocaron alguna emoción. Incluso una sonrisa resignada, un suspiro o simplemente incredulidad… y eso es justo lo que buscaba el experimento.
Humor terapéutico: no es solo cosa de payasos
El humor llevaría siglos usándose en entornos terapéuticos si no fuera realmente útil. De hecho, algunas escuelas de psicoterapia han incluido la risa en sus métodos. Una de ellas es la terapia ericksoniana, que valora el humor espontáneo y disruptivo como herramienta para romper patrones mentales negativos.
En este vídeo, la psicóloga Simonetta Carta explica cómo el humor, incluso el más absurdo, puede ser una poderosa herramienta terapéutica. La terapia ericksoniana utiliza el humor como medio para flexibilizar pensamientos y emociones, demostrando que la risa puede desbloquear caminos internos hacia la recuperación y el bienestar.
¿Y si reír con chistes malos es lo que necesitabas?
Aunque este experimento no reemplaza la terapia profesional ni los tratamientos médicos, abre una nueva perspectiva sobre cómo el humor puede formar parte de nuestro autocuidado mental. La clave podría estar no solo en reírse con los grandes comediantes, sino en aprender a soltarnos y disfrutar incluso de lo inesperadamente malo de la vida.
En resumen: el valor oculto de un mal chiste
Lo que parecía una broma se convirtió en una exploración seria del poder mental de la risa. Si un chiste malo logra arrancarte al menos una sonrisa forzada, no dudes en compartirlo: podrías estar colaborando con el bienestar de alguien (¡además de mejorar tus propias endorfinas!).
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