Puede que, al pensar en Islandia, te vengan a la mente volcanes humeantes, auroras boreales de otro planeta y paisajes que parecen sacados de una novela de fantasía. Pero, ¿sabías que este territorio de fuego y hielo también tiene uno de los capítulos más curiosos y sorprendentes en la historia de la cerveza? ¿Te imaginas vivir en un país donde la cerveza estuviera prohibida durante más de 70 años? Pues sí: esa fue la insólita realidad de los islandeses durante buena parte del siglo XX. Y lo que sucedió después es digno de brindar… ¡con una buena birra!
Un brindis prohibido: ¿por qué Islandia dijo «no» a la cerveza?
En un mundo lleno de rarezas nacionales, Islandia se lleva la palma con su intrincada relación con la cerveza. Mientras que la mayoría de los países escandinavos adoptaron regulaciones más o menos estrictas sobre el alcohol, los islandeses llevaron la prohibición a otro nivel, ¡dejando fuera de juego a la rubia más famosa durante décadas!
La raíz del asunto: un poco de contexto histórico
Para entender este fenómeno hay que viajar en el tiempo, hasta principios del siglo XX. Islandia, entonces una región bajo dominio danés, estaba inmersa en un aire de nacionalismo y transformación social. Inspirados por movimientos de temperancia que arrasaban Europa y América, los islandeses decidieron en 1915 prohibir el alcohol en todas sus formas: ni vino, ni licores, ni cerveza.
Pero, oh sorpresa, la realidad demostró ser más complicada que la moralidad estricta. Pronto, la economía islandesa empezó a tambalear, especialmente porque España—uno de sus principales compradores de pescado—amenazó con dejar de importar bacalao si los islandeses no compraban su vino. Resultado: el vino regresó al país en 1922, seguido por los licores fuertes en 1935. ¿Y la cerveza? Esa siguió en el exilio. ¿Por qué? Sencillo, pero a la vez extraño: porque la cerveza era vista como demasiado «danesa», demasiado popular y, por tanto, demasiado peligrosa para la sociedad
El temor a la cerveza: ¿mito o realidad?
La bebida más internacional estaba asociada, según la opinión pública islandesa de la época, a borracheras masivas y comportamientos socialmente inaceptables. Prevalecía la creencia de que la cerveza era más barata y más fácil de consumir en grandes cantidades, lo que podría desencadenar una «epidemia» alcohólica. Así nació la insólita paradoja: eras libre de pedirte un whisky on the rocks o saborear un vino tinto, pero pedir una simple pilsner podía meterte en líos.
En otros países, la Prohibición terminó siendo breve y caótica (¿alguien dijo Al Capone?). Pero en Islandia duró la friolera de 75 años. ¿Un brindis por la paciencia?
Las sorprendentes consecuencias de la prohibición
Creatividad “prohibida” en los bares y hogares
No hay nada que despierte más la creatividad que una prohibición absurda. Los islandeses no tardaron en buscar alternativas y trucos para disfrutar del sabor de la cerveza. ¿La receta secreta? Cerveza sin alcohol (legalmente permitida), combinada con un toque de licor fuerte para “potenciar” el efecto. Los bares se especializaban en mezclar la llamada pilsner sin alcohol con un generoso chorro de vodka o ron. El resultado: una “cerveza” improvisada y mucho ingenio nacional.
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La presión internacional y el cambio cultural
Mientras el resto del mundo celebraba Oktoberfest y perfeccionaba el arte de la microcervecería, Islandia vivía un apartado “ayuno de lupulo”. En la radio, bandas internacionales cantaban sobre fiestas y cervezas, pero cualquier islandés que anhelara una auténtica birra debía contentarse con alternativas o cruzar fronteras.
La televisión extranjera y el turismo que comenzaba a despuntar a finales del siglo XX generaron presión: ¿por qué seguir negando la cerveza cuando el mundo entero la disfrutaba? Así, poco a poco, se forjó un movimiento social que exigía el levantamiento de la prohibición.
El gran día (y la gran fiesta): ¡La legalización de la cerveza!
El Beer Day: 1 de marzo de 1989
Por fin el momento llegó: el 1 de marzo de 1989, la cerveza se legalizó de nuevo en Islandia. Lo que ocurrió entonces fue épico y digno de celebración nacional. Ese día, recordado como “Bjórdagurinn” (el Día de la Cerveza), los bares de Reykjavík rebosaron de clientes sedientos. Las cadenas de televisión capturaron imágenes de multitudes brindando y probando cervezas artesanales y comerciales con una mezcla de placer, incredulidad y euforia.
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¿Y ahora? El paraíso cervecero moderno
Treinta años después, Islandia es un país con una floreciente cultura cervecera. Las microbreweries crecen como setas y los bares celebran el “Beer Day” cada año. Muchos islandeses aún recuerdan historias de padres y abuelos mezclando refrescos con licores para simular la cerveza. Pero hoy, la diversidad cervecera es motivo de orgullo nacional.
Por si te animas a visitar el país (o a tener una excusa para otro brindis), puedes leer algunos consejos sobre la vida internacional y las costumbres islandesas en I Heart Reykjavík.
Curiosidades extra: las perlitas de la prohibición islandesa
- Hasta el día de hoy, el alcohol solo se vende en tiendas especializadas llamadas Vínbúðin, ninguna de las cuales abre los domingos.
- Los precios de la cerveza en Islandia están entre los más altos de Europa, en parte por los altos impuestos.
- Algunas recetas tradicionales de la “cerveza casera” de la época de la prohibición han resurgido como bebidas nostálgicas.
¿Y tú? ¿Sobrevivirías en un país donde la cerveza estuvo prohibida? Quizá este dato te haga mirar de otra manera tu próxima pinta.
¡Sigue explorando el fascinante mundo de las curiosidades islandesas!
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