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El año en que Rasputín se convirtió en leyenda

Rasputín en un palacio ruso durante el invierno

La historia popular dice que a Rasputín intentaron envenenarlo, dispararle, aplastarlo y ahogarlo. Según esa versión, el místico siberiano se negó a morir como si tuviera un contrato con el mismísimo demonio.

Es una historia magnífica. También tiene un problema: gran parte de la película la escribió uno de los asesinos.

El hombre que acabó convertido en problema de Estado

Grigori Rasputín llegó a la corte de Nicolás II y Alejandra como una figura religiosa capaz de aliviar, o al menos tranquilizar, al heredero Alexéi, que sufría hemofilia. Su influencia creció en un momento en que Rusia estaba metida en una guerra mundial, la familia imperial perdía legitimidad y cada rumor encontraba un pasillo perfecto para propagarse.

Para sus partidarios era un hombre espiritual. Para sus enemigos, una presencia indecente que demostraba que la corte estaba podrida. Para la prensa y la propaganda, era directamente un personaje diseñado para vender periódicos.

La política necesitaba un culpable. Rasputín tenía la barba, la mirada y la reputación necesarias para convertirse en uno.

La noche empezó como una emboscada bastante cutre

En diciembre de 1916, el príncipe Félix Yusúpov atrajo a Rasputín al palacio de los Moika, en Petrogrado. El plan, según el relato que Yusúpov publicaría después, era ofrecerle comida y vino envenenados y acabar con él antes de que pudiera seguir influyendo sobre la familia imperial.

La versión fue creciendo con cada repetición. Primero, el veneno no funcionó. Después, Rasputín sobrevivió a un disparo. Luego atacó a Yusúpov, salió al patio, recibió más tiros y finalmente fue arrojado al río.

Un asesinato ya es bastante grave. Convertirlo en una persecución de película de terror lo hace mucho más rentable como memoria y como propaganda.

La autopsia le quitó parte del superpoder

La revisión forense publicada en PubMed Central ha vuelto a examinar la evidencia disponible: fotografías, informes y la secuencia narrada por los conspiradores.

Retrato histórico de Grigori Rasputín con barba larga
Rasputín aparece aquí como lo que fue para media Rusia: un hombre real al que la propaganda convirtió en personaje de leyenda.

Sus conclusiones son demoledoras para la leyenda:

  • no aparece veneno en la autopsia;
  • el relato del cianuro no encaja bien con los datos disponibles;
  • una herida de bala en la frente, a corta distancia, apunta a que Rasputín ya

estaba muerto antes de acabar en el río;

  • la versión del disparo durante una huida no encaja con la fotografía de la

herida.

Eso no permite reconstruir cada segundo de la noche. Sí permite decir algo importante: la escena del hombre envenenado, tiroteado y todavía escapando como si nada no está demostrada.

¿Quién convirtió el crimen en leyenda?

Yusúpov tenía un incentivo evidente para controlar el relato. Había participado en el asesinato y necesitaba explicar por qué había sido necesario. En sus memorias, el crimen aparece como una lucha épica entre un aristócrata que defendía a Rusia y una criatura casi sobrenatural.

Infografía sobre la muerte de Rasputín y la diferencia entre leyenda y evidencia histórica
Infografía visual del artículo.

La fórmula es perfecta:

  • convierte a los asesinos en salvadores;
  • transforma una ejecución política en una hazaña heroica;
  • convierte a la víctima en un monstruo difícil de matar;
  • y deja una historia imposible de olvidar.

Una revisión divulgativa de la historia publicada por el Smithsonian señala precisamente que los informes de autopsia no mencionan veneno ni ahogamiento y que la herida mortal fue un disparo en la cabeza a corta distancia.

La versión más espectacular no siempre es la más fiable. A veces solo es la que mejor vende las memorias del tipo que llevaba la pistola.

El agua también entró en el expediente

El cuerpo fue arrojado al río. A partir de ahí, el relato se llenó de agua en los pulmones, hielo, resistencia imposible y una muerte que supuestamente llegó por agotamiento después de todo lo demás.

La revisión de la evidencia no respalda esa imagen como explicación principal. El disparo en la frente apunta a una muerte previa a la caída al agua, aunque la secuencia completa y la interpretación exacta de cada lesión siguen teniendo zonas de incertidumbre.

Y esa incertidumbre es importante. Decir “no sabemos cada detalle” no debilita la historia. La hace honesta.

Rasputín sí tenía influencia. No necesitaba poderes mágicos

El mito funciona mejor si Rasputín es un hechicero. La realidad política ya era suficientemente peligrosa sin necesidad de añadirle rayos sobrenaturales.

Su cercanía a la familia imperial alimentó rumores, conspiraciones y críticas a la monarquía. En plena guerra, cualquier decisión de la corte podía convertirse en una prueba de corrupción. Rasputín no tenía que controlar Rusia con poderes mentales. Le bastaba con estar cerca de quienes tomaban decisiones y convertirse en el símbolo perfecto de todo lo que la gente odiaba del régimen.

Por eso su asesinato no resolvió el problema. El imperio no recuperó la credibilidad al eliminar al hombre que concentraba los rumores. La crisis era mucho más grande que su barba.

El hombre murió. El personaje siguió trabajando

Rasputín murió en diciembre de 1916, pero la leyenda no tuvo intención de enterrarse con él. Los asesinos publicaron versiones, los enemigos políticos las utilizaron y la cultura popular terminó de convertir el asesinato en una ópera de veneno, balas y agua helada.

La parte más flipante no es que Rasputín fuera inmortal. No lo era. La parte más flipante es que un grupo de aristócratas pudo matar a un hombre y, al mismo tiempo, fabricar un relato tan exagerado que seguimos discutiendo si sobrevivió a una cena envenenada más de un siglo después.

Rasputín no necesitó volver de entre los muertos. La leyenda hizo el trabajo por él.

Estas son las fuentes que hemos consultado para escribir este artículo