Un día soleado de primavera en la campiña inglesa. Cientos de personas, con la adrenalina a mil, se agolpan en la cima de una colina que bien podría ser una pista de esquí. La tensión es palpable. De repente, una rueda gigante de queso, de unos cuatro kilos y medio, es liberada y comienza a rodar, imparable, cuesta abajo. Y entonces, como si fuera la cosa más normal del mundo, una multitud heterogénea de entusiastas, valientes y, francamente, un poco alocados, se lanza tras ella, desafiando la gravedad, el sentido común y la integridad de sus propios huesos.
¿Una escena sacada de una película de comedia absurda? No, amigo lector. Esto es la pura y, a menudo, dolorosa realidad del Cheese-Rolling de Cooper’s Hill, una tradición tan británica como el té de las cinco, pero con muchísimos más esguinces y fracturas. Y te lo confieso: cada vez que veo las imágenes, una parte de mí se pregunta si la humanidad ha perdido el norte o si simplemente ha encontrado la forma más entretenida y peculiar de celebrarlo.
La cuesta que desafía las leyes de la física… y de la cordura
Para que te hagas una idea del caos controlado (o no tanto) que se desata, nada mejor que verlo en movimiento. Agárrate fuerte:
La colina en cuestión, Cooper’s Hill, cerca de Brockworth en Gloucestershire, no es cualquier cuesta. Es un monstruo. Tiene una inclinación brutal, casi vertical en algunos tramos. Los que la han intentado describir suelen recurrir a comparaciones con muros o acantilados. Bajarla de pie es ya una proeza. Hacerlo corriendo, en tropel, persiguiendo un queso que va a más de 100 km/h, roza lo demente.
Y es precisamente esa locura lo que atrae a miles de espectadores y a cientos de «corredores» de todas partes del mundo cada último lunes de mayo. La escena es caótica: cuerpos volando por los aires, piruetas involuntarias, rebotes dignos de un videojuego de física, gritos de asombro y, por supuesto, de dolor. Un auténtico festival de lo improbable.
El protagonista lácteo: un queso con pedigrí
Pero, ¿qué es tan especial en ese queso para que la gente se la juegue de esa manera? No es un queso cualquiera. Se trata de un Double Gloucester, un queso semiduro tradicional de la región, que, gracias a su forma redondeada y su consistencia, es perfecto para rodar. Pesa alrededor de 4,5 kg (10 libras), lo que le da una inercia considerable y lo convierte en un proyectil lanzado cuesta abajo.
Curiosamente, el queso ya no es el premio principal en la práctica, al menos no para la mayoría de los participantes, dado lo peligroso que sería intentar agarrarlo. En realidad, se le da una ligera ventaja de un segundo antes de que los corredores se lancen. El objetivo no es tanto atraparlo, que es casi imposible dada la velocidad, sino ser el primero en cruzar la línea de meta en la base de la colina. El «primer hombre» o «primera mujer» en llegar es el ganador, y sí, se lleva el codiciado Double Gloucester. Un trofeo que, a estas alturas, vale más por su simbolismo que por su sabor, te aseguro.
Un historial de huesos rotos y risas imparables
Uno podría pensar que, con los años y las evidentes consecuencias físicas, esta tradición se habría suavizado. Pero no. Las lesiones son parte intrínseca del evento: esguinces, tobillos rotos, conmociones cerebrales, contusiones severas y hasta luxaciones. Abundan las anécdotas de ambulancias esperando al pie de la colina y paramédicos que se llevan a los desafortunados directamente del «campo de batalla».
Las autoridades han intentado, en varias ocasiones, controlar o incluso prohibir el evento, citando problemas de seguridad pública. En 2010, la carrera fue «cancelada oficialmente» debido a la preocupación por la seguridad y la multitud incontrolable, un tema que la BBC ha cubierto extensamente. Sin embargo, ¿qué es un poco de burocracia para una tradición centenaria? Los lugareños y los entusiastas simplemente la organizan de forma «no oficial» y el queso sigue rodando, impulsado por una mezcla de herencia, pura adrenalina y un desafío incomprensiblemente seductor.
El eco de una tradición milenaria
¿De dónde viene esta locura? Como ocurre con muchas tradiciones ancestrales, los orígenes exactos se pierden en la niebla del tiempo. Las teorías abundan y van desde lo práctico hasta lo místico:
- Algunos creen que es una evolución de antiguos rituales paganos, quizás relacionados con la fertilidad de la tierra o la llegada del verano.
- Otros sugieren que era una forma de asegurar los derechos de pastoreo sobre el terreno común, demostrando vigor y dominio.
- Incluso hay quien apunta a un simple y llanísimo entretenimiento local que, con el paso de los siglos, se fue de las manos.
Lo cierto es que la primera referencia escrita de la carrera data de 1826, pero la tradición es, sin duda, mucho más antigua. Ha sobrevivido a guerras, pandemias y a los más variopintos intentos de prohibición. Y eso nos lleva a la pregunta: ¿qué nos dice esto sobre nosotros mismos?
La ironía de perseguir lo inalcanzable
Porque al final, el Cheese-Rolling de Cooper’s Hill es más que una carrera. Es un espejo de la condición humana, una paradoja. Cientos de personas se arriesgan a una caída dolorosa, a una lesión seria, por la remota posibilidad de atrapar un queso que, de todas formas, acabarían comprando por unos pocos euros en el supermercado. Es una búsqueda del riesgo por el riesgo, del honor por la victoria, de la conexión con algo que trasciende lo meramente lógico.
Mientras observas a esa multitud descender descontroladamente por la colina, te das cuenta de que no persiguen un lácteo. Persiguen una historia, una experiencia, un momento de pura libertad y absurdo. Una bofetada a la monotonía y a la excesiva racionalidad de la vida moderna. Y quizás, solo quizás, sea precisamente esa irracionalidad la que hace que el mundo siga siendo tan flipante.
Así que la próxima vez que te topes con una tradición extraña, detente un segundo. Puede que, detrás de la aparente locura, se esconda una historia tan rica y desafiante como un buen queso Double Gloucester rodando por una colina.






