En una de las fronteras más vigiladas del planeta, justo en el horizonte del lado adversario, se divisa un pueblo. Luces que se encienden al atardecer, edificios bien mantenidos, una aparente normalidad… O eso es lo que quieren hacerte creer. ¿Qué pensarías si te dijeran que ese paisaje es, en realidad, una farsa monumental, una ciudad fantasma diseñada exclusivamente para mentir? Pues eso es exactamente lo que aguarda a quien mira hacia Corea del Norte desde la Zona Desmilitarizada (DMZ).
Desde los puestos de observación del sur, se puede ver Kijong-dong, conocido en el mundo como el "Pueblo de la Paz". Pero la paz que irradia es tan falsa como los cristales de sus ventanas. La verdad es impactante: este lugar no está habitado. Es un decorado, un set de filmación de proporciones épicas, montado con un único propósito: engañar.
Para hacerte una idea más clara de esta increíble farsa y verla con tus propios ojos (a través de un teleobjetivo), echa un vistazo a este vídeo que lo resume a la perfección:
Una postal engañosa… vista de lejos
Desde la distancia, Kijong-dong parece sacado de una postal propagandística de libro. Se alza majestuoso, con sus edificios de hormigón pintados de colores vivos. Por la noche, sus luces se encienden de forma intermitente, creando la ilusión de vida. Incluso tiene una de las banderas nacionales más grandes del mundo ondeando en un mástil que una vez fue el más alto del planeta, superando con creces a su contraparte surcoreana. Es una imagen de prosperidad, de una nación que no solo sobrevive sino que florece, justo al alcance de la vista de sus vecinos del sur.
Los altavoces gigantes, que durante años bombardeaban con mensajes propagandísticos a los soldados surcoreanos, también forman parte de este elaborado escenario. Todo está diseñado para proyectar una imagen inmaculada de la vida norcoreana, para atraer a posibles desertores y para, simplemente, fardar de un nivel de vida que dista mucho de la cruda realidad del resto del país.
La cruda realidad de un decorado de cartón piedra
Pero el truco se desvanece en cuanto te acercas, incluso con unos buenos prismáticos. Analistas, periodistas y desertores no han tardado en descubrir la verdad, y es tan desoladora como predecible. Los edificios de Kijong-dong carecen de cristales en las ventanas. Son meras fachadas huecas. Las luces se encienden con temporizadores, siguiendo un patrón monótono que revela su automatización. Y lo más revelador: no hay nadie. No hay gente paseando, ni niños jugando, ni actividad cotidiana. Las calles están desiertas, y no se detecta ninguna señal de agricultura o industria local que pudiera sustentar a una población real.
Incluso ha habido relatos, aunque difíciles de verificar, de que las "calles" del pueblo son limpiadas regularmente por un pequeño equipo de mantenimiento. ¿Te imaginas el trabajo? Mantener la ilusión de un pueblo entero, vacío, simplemente para que parezca vivo. Es una muestra de la obsesión de Corea del Norte por controlar la narrativa y la percepción, no solo de sus propios ciudadanos, sino del mundo exterior.
El gran show de la propaganda
El propósito de Kijong-dong es pura y dura propaganda. En la tensa línea divisoria que es la DMZ, cada centímetro cuenta, y cada imagen es un mensaje. Este "Pueblo de la Paz" es un arma en la guerra psicológica entre las dos Coreas. Es un cebo para que los surcoreanos se cuestionen su propio sistema, y una demostración, por falsa que sea, de la supuesta superioridad del régimen del Norte.
Durante años, los altavoces de Kijong-dong retransmitieron a todo volumen mensajes glorificando el sistema de Corea del Norte, promesas de una vida mejor para quienes cruzasen la frontera y, en ocasiones, música militar. Era una cacofonía constante, una banda sonora de adoctrinamiento que solo cesó, en gran medida, tras acuerdos de desescalada de tensiones en los últimos años. Pero el pueblo sigue ahí, mudo, como un monumento a la gran mentira.
¿Pueblo Potemkin? Un clásico de la decepción
Este concepto de un pueblo fantasma con fines propagandísticos no es nuevo. De hecho, se conoce como "Pueblo Potemkin", un término que tiene su origen en el siglo XVIII. Se dice que el príncipe Grigori Potemkin, favorito de la emperatriz Catalina la Grande de Rusia, construyó fachadas de pueblos idílicos a lo largo de las rutas de viaje de la emperatriz a Crimea, para darle la impresión de que la región prosperaba bajo su gobierno. Aunque la veracidad histórica de este relato es debatida, el término se ha convertido en sinónimo de cualquier construcción o fachada destinada a engañar sobre la realidad.
Y Kijong-dong es, sin duda, un Pueblo Potemkin moderno. Es una elaboración gigantesca que, irónicamente, revela más sobre la desesperación y el aislamiento de Corea del Norte que sobre su fortaleza.
La contrapartida del Sur: Daeseong-dong
Para entender completamente la naturaleza de Kijong-dong, es útil saber que el sur también tiene un pueblo dentro de la DMZ: Daeseong-dong, también conocido como "Freedom Village". A diferencia de su vecino del norte, Daeseong-dong es un pueblo real, con habitantes reales, la mayoría descendientes de los agricultores que vivían allí antes de la Guerra de Corea.
Los residentes de Daeseong-dong disfrutan de ciertos beneficios, como exenciones fiscales y de servicio militar, pero viven bajo una estricta vigilancia militar y un toque de queda. La vida es real, pero también está condicionada por la peculiar ubicación geográfica. Esta proximidad y contraste es lo que hace que la existencia de Kijong-dong sea aún más escalofriante, una prueba palpable de la línea difusa entre la verdad y la ficción en una de las zonas más polarizadas del mundo.
Al final, Kijong-dong es un recordatorio asombroso de cómo la política y la ideología pueden torcer la realidad hasta límites insospechados. Un pueblo entero, un decorado de hormigón y pintura, que permanece allí, día tras día, como un mudo testigo de una verdad manipulada. Te hace preguntarte: ¿cuántas otras "fachadas" existen en el mundo, esperando a ser descubiertas?






