Imagínate esto: has respondido a un anuncio en el periódico. Buscan voluntarios para un estudio de memoria en la prestigiosa Universidad de Yale. Te presentas en un laboratorio con un aspecto bastante sobrio, y allí te recibe un tipo afable, vestido con bata blanca, y otro participante, un hombre simpático, de unos cuarenta y tantos, que parece un contable.
Te explican las reglas: uno será el «profesor», el otro el «alumno». El experimento trata sobre cómo el castigo afecta el aprendizaje. Te toca ser el profesor. Tu compañero, el alumno, es atado a una silla en una sala adyacente, con electrodos pegados a su brazo. Tú te sientas frente a una impresionante máquina generadora de descargas eléctricas, con diales que van desde «ligera» hasta «PELIGRO: descarga severa» y, al final, «XXX».
Tu tarea es sencilla: leer pares de palabras al alumno y, si falla, administrarle una descarga eléctrica. Cada error, una descarga más intensa. El hombre de la bata blanca, el experimentador, te mira con seriedad. Te dice que es crucial que el experimento continúe.
La Tensión Comienza: ¿Qué Harías Tú?
Empiezas. El alumno responde bien al principio, pero luego empieza a fallar. Dudas. Le das la primera descarga, apenas un cosquilleo. Pero con cada error, la potencia aumenta. 75 voltios, 90, 120… A los 150 voltios, escuchas al alumno gritar. Pide que lo dejen salir. Asegura que sufre del corazón. Te sudan las manos. ¿Qué demonios está pasando aquí?
Miras al experimentador. Él, impasible, te repite una de sus «prods»: «Por favor, continúe.» o «El experimento requiere que usted continúe.» Te agarras al borde de la mesa. El alumno grita, golpea la pared. Sus súplicas se vuelven más desesperadas. Luego, un silencio aterrador. ¿Ha pasado algo grave? ¿Lo has herido de verdad?
Te insiste: «No tiene otra opción, debe continuar.»
Este escenario no es una pesadilla de cine, amigo. Fue una recreación minuciosa de la situación que vivieron cientos de voluntarios en el experimento de Stanley Milgram en los años 60. Un estudio que pretendía desentrañar una de las preguntas más incómodas de la humanidad: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar cuando alguien con autoridad nos ordena hacer algo que va en contra de nuestra conciencia?
El Hombre Detrás de la Inquietud: Stanley Milgram
Para entender por qué Milgram concibió semejante puesta en escena, debemos retroceder a la posguerra. El mundo aún lidiaba con el horror del Holocausto y la aparente «normalidad» de muchos de los responsables, que simplemente alegaban estar «cumpliendo órdenes». Milgram, un joven psicólogo social, se preguntó si esa obediencia ciega era una característica intrínseca de la cultura alemana o, por el contrario, un rasgo humano mucho más universal y perturbador.
Originalmente, Milgram planeó realizar el experimento en Alemania, pero decidió empezar en su propia casa, en la Universidad de Yale. Si los resultados en Estados Unidos ya eran impactantes, entonces la hipótesis de la excepcionalidad alemana se desvanecería. Y vaya si fueron impactantes.
Los Resultados Que Nos Dejaron Sin Aliento
La cruda verdad de los experimentos de Milgram sigue siendo uno de los hallazgos más estremecedores de la psicología social. Antes de realizar el estudio, Milgram encuestó a psiquiatras, estudiantes universitarios y adultos de clase media, pidiéndoles que predijeran cuántos participantes irían hasta el final, es decir, administrarían la descarga máxima de 450 voltios.
La respuesta unánime fue que muy pocos, quizás el 1% de sádicos, seguirían hasta el final. Se equivocaron. Y de qué manera.
En el experimento original, el 65% de los participantes llegó hasta el final, administrando lo que creían que era una descarga letal de 450 voltios. No estamos hablando de gente que disfrutaba torturando, sino de personas normales, de todas las edades y profesiones, que mostraban signos evidentes de estrés, nerviosismo, sudoración y temblores, pero que continuaban obedeciendo.
¿Por qué tanta gente obedeció?
Milgram identificó varios factores clave que contribuían a esta obediencia alarmante:
- La autoridad percibida: La bata blanca del experimentador, el entorno universitario y la reputación de Yale conferían una autoridad incuestionable.
- La difusión de la responsabilidad: Muchos participantes sintieron que la responsabilidad recaía en el experimentador, no en ellos. «Solo seguía órdenes», un eco de los juicios de Núremberg.
- La incrementalidad de la acción: Las descargas aumentaban de forma gradual. Empezar con un «ligero» shock hacía que el siguiente paso, solo un poco más fuerte, pareciera menos dramático. Era como un resbalón lento por una pendiente.
- La falta de un modelo de desobediencia: Al no ver a nadie más cuestionar al experimentador, los participantes no tenían un referente de cómo actuar de forma diferente.
El Debate Ético y el Legado Ineludible
El experimento de Milgram no solo nos dejó con una verdad incómoda sobre la naturaleza humana, sino que también desató una tormenta ética. Muchos criticaron la manipulación psicológica a la que fueron sometidos los participantes, que creían haber electrocutado gravemente a otra persona. Aunque se realizó un debriefing exhaustivo y se les explicó la verdad, el impacto emocional fue innegable.
Sin embargo, el legado de Milgram es incuestionable. Sus experimentos transformaron la comprensión de la obediencia a la autoridad y llevaron a la creación de estrictos comités de ética en la investigación científica para proteger a los participantes. Nos obligó a mirar más allá de las excusas y a confrontar la fragilidad de nuestra propia voluntad frente al poder establecido.
Es una historia fascinante y, al mismo tiempo, escalofriante. Nos recuerda que la línea entre el bien y el mal puede ser increíblemente delgada, difuminada por el brillo de una bata blanca o la insistencia de una voz autoritaria. ¿Creemos que hoy seríamos diferentes? ¿Que nunca llegaríamos a los 450 voltios?
La respuesta, como el experimento de Milgram demostró, es más compleja y perturbadora de lo que nos gustaría admitir. Una curiosidad histórica que sigue resonando con una actualidad sorprendente, invitándonos a explorar las profundidades de la psique humana. Si te has quedado con ganas de más, en El Mundo es Flipante tenemos otras historias donde la ciencia y la psicología humana te dejarán pensando.






