Imagínate esto: El sol se asoma, con ese color naranja suave que anuncia un nuevo día. Pero este no es un amanecer cualquiera. Es el quinto. Y sigues en el mismo campo de fútbol. Tus piernas son de plomo, cada músculo protesta. El sudor se ha secado y vuelto a mojar tantas veces que ya no sabes si huele a césped o a historia. A tu lado, un compañero bosteza, tan profundamente que parece que va a dislocarse la mandíbula. Enfrente, los rivales, o lo que queda de ellos, intentan simular una carrera. ¿Y el balón? Rodando con la misma lentitud que pasa el tiempo en este peculiar infierno.
Estamos en el corazón de una proeza. No de velocidad, ni de técnica sublime, sino de pura, durísima y obstinada resistencia. La historia que te voy a contar no es la de una final de la Champions, con sus estadios repletos y sus millones de euros. No, esta es la epopeya de un puñado de valientes que decidieron llevar el fútbol a un terreno inexplorado: el de la eternidad. O, al menos, el de cien horas seguidas.
El Silbato que Nunca Terminaba
Todo comenzó con una idea. Una de esas ideas que, cuando te las cuentan en una cafetería, te hacen reír a carcajadas por lo descabellado. Un partido de fútbol que durara… ¿cuánto? ¿Un día? ¿Dos? No, amigo, cien horas. Cien horas ininterrumpidas de patadas a un balón, de carreras lentas y de duchas improvisadas.
Este desafío épico tuvo lugar en Worthing, un pueblo costero en el condado de West Sussex, Inglaterra. Corría el año 2013, y dos equipos locales, con el noble propósito de recaudar fondos para una causa benéfica —la mejora de un hospital infantil de la zona—, se embarcaron en lo que sería el partido de fútbol más largo jamás registrado. No eran profesionales, ni siquiera semiprofesionales. Eran gente de a pie, amantes del deporte, con una voluntad de hierro y, quizás, un punto de locura muy británica.
Los equipos, el Worthing FC y un combinado de entrenadores y exjugadores llamado Mavericks, se enfrentaron en un campo que pronto se convertiría en su hogar, su prisión y su campo de batalla. Para afrontar tal hazaña, no podían ser once contra once. La logística requería de plantillas amplias, de hasta dieciocho jugadores por equipo, para poder realizar rotaciones constantes. Imagina la organización: turnos de juego de dos o tres horas, seguidos de breves descansos para comer, dormir un poco o simplemente ducharse. El balón no podía parar, ni de día ni de noche.
Cuando el Cuerpo Dice Basta, la Mente Se Niega
Las primeras horas, cuentan, fueron pura emoción. La novedad, la adrenalina, el apoyo de los pocos curiosos que se acercaban al campo a altas horas de la madrugada. Pero a medida que pasaban las horas, los días, la cosa se ponía seria. El cansancio no era una sensación, era un estado del ser. Los jugadores sufrían de:
- Alucinaciones por privación de sueño: ver sombras o personas en el campo que no existían.
- Dolores musculares generalizados: cada paso era un pequeño tormento.
- Ampollas y rozaduras: los pies, el instrumento principal, eran los más castigados.
- Momentos de puro absurdo: pases errados a porterías imaginarias, siestas relámpago en el banquillo.
Pero lo más fascinante es cómo el espíritu humano se sobrepone a la adversidad. La camaradería se forjó en cada madrugada helada, en cada plato de pasta compartido en la tienda de campaña adyacente. El sentido del humor se convirtió en la mejor arma para combatir el agotamiento. Se jugaban bromas, se cantaban canciones, y el objetivo benéfico actuaba como un faro, recordando a cada jugador por qué estaban allí, arrastrando sus cuerpos por ese césped.
El marcador, por supuesto, era una locura. Los goles se contaban por decenas, casi por centenas. Las defensas eran porosas por necesidad, y los porteros veían pasar el balón una y otra vez, a veces con la misma resignación con la que veían pasar las horas en el reloj gigante que marcaba el tiempo de juego.
El «Empate Técnico» más Épico de la Historia
Finalmente, después de cien horas, cuando el sol volvió a asomarse por el horizonte por quinta vez, sonó el silbato final. Los jugadores, agotados pero eufóricos, se abrazaron. Habían logrado su objetivo: el récord Guinness del partido de fútbol más largo del mundo. Pero el final del partido no fue con un equipo victorioso y otro derrotado.
La historia de este encuentro épico terminó en lo que se conoce como un empate técnico. ¿Por qué? Porque, de acuerdo con las reglas preestablecidas para el récord y la naturaleza del desafío, el partido concluyó exactamente a las cien horas de juego ininterrumpido. No se trataba de definir un ganador por la cantidad de goles en ese instante final, sino de completar la maratón de resistencia. Los organizadores habían acordado que, una vez alcanzado el umbral de las cien horas, el objetivo principal —la recaudación y el récord— se habría cumplido, y la contienda deportiva en sí misma pasaría a un segundo plano. La victoria era la hazaña en sí, la superación de los límites humanos.
El espíritu del fútbol no se perdió en esas cien horas, sino que se transformó. Dejó de ser solo un deporte para convertirse en una metáfora de la tenacidad, la solidaridad y la capacidad humana de perseguir un sueño, por muy extravagante que parezca. Nos recuerda que, a veces, los récords más asombrosos no se logran con la velocidad o la fuerza, sino con la paciencia, la resistencia y una pizca de locura compartida.
Y tú, ¿cuánto tiempo serías capaz de aguantar en el campo? A veces, las historias más flipantes no están en los grandes titulares, sino en esos pequeños actos de grandeza que rozan lo imposible. Si te ha gustado esta oda a la resistencia, te invito a seguir explorando más hazañas del espíritu humano en El Mundo es Flipante. ¡Tenemos historias para rato!







