Imagínate un salón abarrotado en la embajada polaca en Moscú, el 18 de noviembre de 1956. El ambiente, aunque festivo por la recepción diplomática, era denso, cargado con la tensión eléctrica de la Guerra Fría. Entre el murmullo de las conversaciones y el tintineo de las copas, un hombre corpulento y enérgico, el premier soviético Nikita Jruschov, se erguía ante los embajadores occidentales. Su mirada, a menudo indescifrable, se detuvo en ellos, y sus palabras, a través de la interpretación, estaban a punto de desatar una de las mayores alarmas que el mundo haya conocido, acercándonos peligrosamente al abismo de una guerra nuclear.
Aquel día, Jruschov no hablaba de armamento, ni de fronteras, ni de los últimos avances espaciales. Hablaba de la inevitabilidad histórica del comunismo. Y, en medio de su discurso, pronunció una frase que, en su ruso original, tenía un matiz muy particular. Una frase que, mal entendida, mal traducida, fue como una cerilla arrojada sobre un polvorín. La frase fue: «Мы вас похороним» (My vas pokhoronim).
La frase explosiva y la chispa del malentendido
Para cualquiera con nociones básicas de ruso, o para un oyente que conociera el contexto ideológico de la Unión Soviética, la frase de Jruschov era una reafirmación de la convicción marxista-leninista. En su mente, y en el marco de la doctrina comunista de la lucha de clases, significaba algo más parecido a: «Os guste o no, la historia está de nuestro lado. Seremos testigos de vuestro entierro» o «Nosotros os enterraremos» en el sentido de que el comunismo sobreviviría al capitalismo, que vería su final. Era una declaración de superioridad ideológica, no una amenaza militar directa. Era, si quieres, la versión soviética del «tiempo al tiempo».
Pero claro, una cosa es el contexto, la ideología, la semántica sutil, y otra muy distinta es la traducción literal, especialmente en un momento donde la desconfianza mutua era el pan de cada día. El intérprete, ante la potencia sonora de aquellas palabras, y quizás presionado por la velocidad y la solemnidad del momento, optó por la traducción más directa y cruda al inglés: «We will bury you!» (¡Os enterraremos!). Y ahí, amigo lector, radica el germen del pánico. Imagina por un momento el impacto de esas palabras en los oídos de diplomáticos de Estados Unidos, Reino Unido o Alemania Occidental, en plena ebullición de la Guerra Fría, con el miedo a las bombas nucleares como telón de fondo. No era una profecía histórica, sonaba a una declaración de guerra, una amenaza explícita.
La escalada del miedo y la sombra nuclear
La noticia corrió como la pólvora. Los titulares en la prensa occidental no se hicieron esperar, gritando el desafío soviético con letras gigantes: «Jruschov amenaza con enterrar a Occidente». La frase, despojada de su contexto y de su significado ideológico original, se convirtió en la prueba definitiva de la agresividad soviética, en un símbolo del imperialismo rojo dispuesto a barrer con el mundo capitalista. Las relaciones ya tensas entre las dos superpotencias se volvieron aún más gélidas, si es que eso era posible. La gente corriente en ambos lados del Telón de Acero, ya acostumbrada a vivir bajo la amenaza constante de una hecatombe nuclear, sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
No era la primera vez que Jruschov usaba un lenguaje colorido o, digámoslo así, poco diplomático. Era un personaje teatral, a veces impulsivo, que no dudaba en golpear la mesa con su zapato si la ocasión lo ameritaba. Pero esta vez, el malentendido fue más allá de un simple arrebato. Caló hondo, reforzó estereotipos y alimentó la paranoia en un momento histórico en el que un error de cálculo podía haber tenido consecuencias catastróficas. Pensar que una traducción desafortunada, una pérdida de matiz en el puente de una lengua a otra, pudo empujar al mundo al borde del abismo, resulta ciertamente sobrecogedor.
La explicación posterior y el daño hecho
Años más tarde, Jruschov intentaría aclarar el asunto, consciente del revuelo que había causado. En un discurso posterior, en 1961, durante una visita a los Estados Unidos, explicó a la audiencia que no se refería a un «entierro físico», sino a la «inevitabilidad histórica» de la victoria del comunismo. Quería decir que el comunismo «sería testigo del entierro» del capitalismo, no que lo iría a enterrar con bombas.
Sin embargo, para entonces, el daño ya estaba hecho. La frase se había grabado a fuego en el imaginario colectivo occidental como una muestra de la belicosidad soviética. Es un ejemplo palmario de cómo las palabras, una vez pronunciadas y malinterpretadas, adquieren una vida propia, independiente de la intención original de quien las emitió. Cómo un matiz se pierde, y esa pérdida se convierte en un abismo de incomprensión.
Este episodio nos invita a reflexionar sobre la increíble fragilidad de la comunicación humana, especialmente cuando las apuestas son tan altas. Una sola frase, un puñado de palabras, pueden ser más peligrosas que un arsenal si el entendimiento mutuo se diluye en la traducción. Nos recuerda que, incluso en los momentos más tensos de la historia, a menudo son los pequeños detalles, los invisibles hilos del lenguaje, los que pueden sostener la paz o desatar el caos. Y tú, ¿te habías parado a pensar alguna vez en el poder que esconde un buen (o mal) traductor?
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