Imagínate la escena. St. Louis, Missouri, principios del siglo XX. Una sala tenuemente iluminada, quizás con el aire cargado de un ligero olor a incienso. Un grupo de personas sentadas alrededor de una mesa, sus manos suavemente apoyadas sobre un tablero ouija. Entre ellos, una mujer de apariencia normal, Pearl Curran, se concentraba. No buscaba fortuna ni predicciones futuras; buscaba un mensaje, una voz del más allá. Y vaya si la encontró.
No fue un susurro espectral ni una visión borrosa, sino una personalidad tan vívida y elocuente que desafió toda lógica: Patience Worth, una dama inglesa del siglo XVII, que según ella misma, había muerto hacía más de 200 años. Pero lo verdaderamente fascinante, lo que hizo que el mundo se rascara la cabeza con una mezcla de escepticismo y asombro, fue que Patience no solo hablaba a través de Pearl; ¡escribía libros enteros!
Cuando un fantasma toma la pluma (o el tablero)
La primera vez que Patience Worth se manifestó, lo hizo con una voz peculiar, un dialecto arcaico y un ingenio afilado que no se correspondía en absoluto con la educación o el bagaje de Pearl Curran. Pearl era una ama de casa con una educación limitada; Patience era una poetisa y narradora nata, con un vocabulario y una comprensión de la historia y las costumbres del siglo XVII que dejaban a cualquiera boquiabierto.
Al principio, la comunicación era a través del tablero ouija, letra por letra, formando palabras y luego frases. Imagínate la paciencia —nunca mejor dicho— necesaria para transcribir cientos de miles de palabras de esa manera. Pero a medida que pasaban los años, la habilidad de Pearl evolucionó hasta lo que se conoció como «escritura automática». Las palabras de Patience fluían a través de la mente de Pearl, y esta las transcribía frenéticamente, a menudo a una velocidad pasmosa, sin pausas, sin relecturas, sin tachones.
Lo más irónico del asunto es que la propia Pearl Curran no era especialmente aficionada a la lectura y no tenía inclinaciones literarias. Ella misma admitía que, a menudo, no entendía el significado completo de las palabras o las complejas alusiones históricas que Patience dictaba. Era, simplemente, el canal.
La obra maestra de una autoria invisible
Entre 1916 y 1928, bajo la supuesta autoría de Patience Worth, se publicaron nada menos que seis novelas, un libro de poemas, una obra de teatro y miles de aforismos. Y no hablamos de simples garabatos; hablamos de obras de arte literarias que recibieron elogios de críticos literarios, eruditos y escritores de la época.
Uno de los trabajos más destacados fue la novela «El Telar» (The Sorry Tale), una épica historia de la vida de Jesús desde la perspectiva de un ladrón. La crítica, perpleja y fascinada, alabó su profundidad psicológica, su detallada ambientación histórica y su potente prosa. Era una obra que, sin duda, superaba con creces las capacidades de una ama de casa de St. Louis.
Los académicos se volvieron locos. ¿Cómo era posible? Se investigó la vida de Pearl Curran, se analizó su entorno, sus lecturas, sus posibles influencias. Nada. Absolutamente nada podía explicar la vastedad del conocimiento, la sofisticación del lenguaje o la coherencia estilística de las obras de Patience Worth. El dialecto era consistentemente del siglo XVII, los detalles históricos eran sorprendentemente precisos para alguien que supuestamente no tenía acceso a esa información.
¿Fraude, talento oculto o algo más?
La comunidad científica y psicológica no tardó en ofrecer sus propias explicaciones. Las teorías iban desde la criptomnesia (recuerdos olvidados que el subconsciente resurge como si fueran nuevos) hasta la disociación de personalidad, donde Pearl habría desarrollado una faceta literaria oculta de su propia psique. Sin embargo, ninguna de estas explicaciones logró abordar de manera convincente todos los aspectos del fenómeno.
Porque no solo era la complejidad del lenguaje o la precisión histórica; era también la rapidez con la que se producía el material, la aparente independencia de la personalidad de Patience respecto a la de Pearl, y el hecho de que Patience a menudo corregía a Pearl si esta se equivocaba en la transcripción.
Al final, la verdad detrás de Patience Worth sigue siendo un enigma. ¿Fue Pearl Curran una de las escritoras más subestimadas de la historia, una mente brillante que canalizó inconscientemente un vasto conocimiento y talento? ¿O realmente un espíritu de antaño encontró una manera de dejar su huella en el mundo moderno a través de un tablero de madera y una pluma?
Quizás, el verdadero encanto de historias como esta reside en su resistencia a una explicación fácil. Nos obligan a mirar más allá de lo evidente, a cuestionar los límites de lo posible y, por qué no, a fantasear con la idea de que los libros más fascinantes a veces tienen autores que no pertenecen a este mundo. Después de todo, ¿no es eso lo que hace que nuestro mundo sea tan flipante?







