El aire en San Luis, Misuri, era denso aquel verano de 1904. No solo por el calor y la humedad habituales, sino por una mezcla peculiar: el bullicio de la Exposición Universal y la efervescencia —aunque algo desorganizada— de unos flamantes Juegos Olímpicos. En medio de todo ese jaleo, un hombre se preparaba para una de las pruebas más exigentes de la natación. Se llamaba Frank Gailey, un australiano con la mirada de quien sabe lo que vale. Había viajado miles de kilómetros, había entrenado con disciplina espartana, y su cuerpo estaba listo para devorar las 440 yardas libres. Sin embargo, no iba a poder zambullirse.
Ni siquiera le permitieron mojar la punta del pie en la piscina. La ironía, como verás, es una nadadora experta en las aguas de la historia. Frank Gailey, quien ya había sumado cuatro medallas olímpicas en esos mismos Juegos —tres platas y un bronce, ¡casi nada!— en otras distancias, se enfrentaba a un obstáculo invisible, uno que no se superaba con brazadas ni patadas, sino con una decisión burocrática tan absurda que hoy nos hace rascarnos la cabeza.
El dilema del nadador «profesional»
Imagina la escena: el público expectante, los otros competidores listos en sus puestos, el silbato a punto de sonar. Pero la atención se desvía hacia Gailey, quien, para su estupefacción, es apartado de la línea de salida. ¿La razón? Había sido descalificado. No por dopaje, ni por una salida falsa, ni por interferir con otro atleta. La etiqueta que le colgaban era mucho más sutil, y para la época, una auténtica condena en el purista mundo olímpico: era un «profesional».
Pero, ¿qué significa ser «profesional» en 1904 para un nadador en los Juegos Olímpicos? No pienses en patrocinios millonarios, en contratos publicitarios o en el estilo de vida de los atletas de élite actuales. Nada de eso. El «pecado» de Frank Gailey fue haber aceptado un puesto como instructor de natación. Sí, lo has leído bien. Su habilidad en el agua era tan excepcional que le permitía ganarse la vida enseñando a otros a nadar, y eso, según las rígidas reglas de amateurismo del momento, lo convertía en un paria, un «profesional» indigno de competir en el altar sagrado del deporte aficionado.
Es una de esas contradicciones que nos ofrece la historia con una sonrisa irónica. Un atleta que demuestra su excelencia ganándose la vida con su pasión, es precisamente por esa razón, expulsado de la competición que celebra la excelencia deportiva. ¿Acaso no es un reconocimiento de su maestría que alguien esté dispuesto a pagar por aprender de él? Parece que la lógica, a veces, prefiere tomarse un chapuzón en el absurdo.
San Luis 1904: Unos Juegos para recordar… o no
Para entender esta decisión, hay que situarse en el contexto de los Juegos Olímpicos de San Luis 1904. Aquella edición fue, digamos, «especial». Los primeros Juegos celebrados en Estados Unidos, y también los primeros donde se otorgaron medallas de oro, plata y bronce (antes eran objetos o coronas). Pero la participación internacional fue escasa, principalmente por la lejanía geográfica y el alto coste del viaje para muchos atletas europeos.
La competición de natación, por ejemplo, se realizó en el lago artificial de la Exposición Universal, con aguas que no eran precisamente cristalinas y en condiciones bastante precarias para lo que hoy consideramos un evento olímpico. Además, estos Juegos se estiraron durante más de cuatro meses, solapándose con la feria mundial, lo que les dio un aire más de festival local que de evento deportivo global.
En este ambiente un tanto caótico y con unas normativas aún en pañales, la línea entre el amateurismo puro y cualquier atisbo de profesionalismo era una frontera infranqueable. Las federaciones, obsesionadas con mantener el «espíritu olímpico» (un espíritu que, visto lo visto, era bastante etéreo y susceptible a interpretaciones puntillosas), eran implacables. Si recibías un céntimo por tu habilidad deportiva, automáticamente quedabas excluido.
El legado de una «no-carrera»
La descalificación de Frank Gailey en las 440 yardas libres es más que una anécdota curiosa; es un espejo que nos devuelve la imagen de cómo han evolucionado el deporte y la comprensión de lo que significa ser un atleta. Hoy, los deportistas de élite son profesionales a tiempo completo, con equipos de apoyo, patrocinadores y contratos. La idea de que un instructor de natación no pudiera competir parecería, cuando menos, risible.
La historia de Gailey nos recuerda lo caprichosas que pueden ser las reglas y cómo pueden, paradójicamente, obstaculizar el mismo espíritu que pretenden proteger. Un hombre que se ganaba la vida con su pasión, fue castigado por ello. Es una de esas pinceladas en el lienzo de los Juegos Olímpicos que nos muestra lo lejos que hemos llegado, y a veces, lo cerca que seguimos estando de la arbitrariedad.
Así que la próxima vez que veas a un nadador lanzarse al agua en los Juegos Olímpicos, piensa en Frank Gailey. Él no pudo, al menos en una de sus pruebas, por una razón que hoy nos parecería sacada de una comedia de enredos. Fue, sin duda, el campeón de la natación «sin nadar». Y su historia es un fascinante recordatorio de que en el deporte, como en la vida, las reglas a veces tienen su propia, y muy particular, forma de hacer olas.
¿Te ha sorprendido esta peculiaridad de los Juegos Olímpicos de San Luis 1904? La historia está llena de estas «flipadas» que merecen ser contadas. En El Mundo es Flipante, siempre hay una sorpresa esperando en la siguiente página.







