El 25 de agosto de 1835, el New York Sun empezó a publicar algo que parecía un informe astronómico recién llegado desde Sudáfrica. No era una noticia cualquiera: atribuía a John Herschel, uno de los astrónomos más conocidos de su tiempo, observaciones de vida en la Luna. La historia creció durante seis entregas. La pregunta interesante no es solo qué criaturas describía, sino cómo un periódico convirtió una ficción en algo que, sobre el papel, tenía aspecto de prueba.
Aquí seguimos las fuentes y la puesta en escena para separar lo comprobable de lo inventado, sin atribuir una reacción común a todos los lectores.
La primera pista estaba en la cabecera
El titular prometía “grandes descubrimientos astronómicos” realizados por Herschel en el Cabo de Buena Esperanza. Debajo aparecía una aclaración decisiva: el texto supuestamente procedía de un suplemento del Edinburgh Journal of Science. El lector no recibía una voz anónima que aseguraba haber visto murciélagos lunares; recibía una cadena de atribución: un observador identificado, un astrónomo famoso y una publicación científica que sonaba verificable.
Pero cada eslabón necesitaba una comprobación independiente. Herschel era real y trabajaba en el hemisferio sur; eso no valida las observaciones que le atribuía el periódico. El supuesto autor que relataba los hallazgos, el doctor Andrew Grant, no era el testigo que el texto decía. Y la referencia al suplemento científico no convertía el relato en un artículo de revista revisado. La Biblioteca del Congreso conserva la reproducción de la ilustración de 1835: su ficha identifica la imagen como una pieza vinculada al Sun y describe a los seres como imaginarios. El objeto es auténtico; lo que representa no es una observación astronómica.
Un telescopio extraordinario, descrito como si bastara con medirlo

La serie dedicaba espacio a explicar el instrumento antes de poblar la Luna. Presentaba un telescopio enorme y una técnica capaz de proyectar detalles con una claridad imposible para la observación real descrita. Las dimensiones y capacidades concretas deben leerse como afirmaciones de la ficción, no como especificaciones de un aparato construido por Herschel. Su función narrativa era importante: si el instrumento parecía avanzado y el informe manejaba vocabulario técnico, el descubrimiento podía sonar menos fantástico.
El recurso mezclaba elementos reconocibles con otros fabricados: Herschel sí había viajado al Cabo para observar el cielo austral, pero el periódico convirtió ese hecho real en el escenario de una expedición lunar inventada. La Clements Library de la Universidad de Michigan reconstruye cómo la primera entrega preparó el marco antes de presentar sus hallazgos. La forma de la noticia también era parte del engaño: primero prometía un método; después, conclusiones extraordinarias.
Seis entregas: una historia que aplazaba la revelación
El Sun publicó la historia por entregas los días 25, 26, 27, 28 y 29 de agosto, y el 31 de agosto de 1835. La edición anotada de la Edgar Allan Poe Society recoge ese calendario; la serie añadía detalles en cada número y aplazaba la revelación siguiente. Así, afirmaciones procedentes de una misma ficción podían parecer un expediente que se confirmaba a sí mismo.
Las descripciones pasaban de lo aparentemente científico a paisajes y seres extraordinarios. El archivo conserva el relato, no una encuesta sobre cuántos lectores lo creyeron.
Cuando el dibujo se convirtió en parte de la evidencia
La historia no vivía solo en la prosa. Una imagen atribuida al episodio mostraba seres lunares y llevaba una leyenda que los presentaba como descubrimientos de Herschel, copiados de supuestos bocetos. Para el lector, la ilustración podía funcionar como una segunda confirmación: ya no solo alguien describía lo visto; había algo que parecía mostrarlo.
La ficha de la estampa permite separar dos ideas que suelen mezclarse: es una imagen histórica relacionada con la publicación, y su existencia demuestra cómo se representó la historia; no demuestra que las criaturas existieran. La ficha indica que no se conocen restricciones de publicación para esa pieza, aunque los derechos deben volver a comprobarse para el archivo concreto que se use. Por eso, al consultar reproducciones posteriores, conviene comprobar su procedencia antes de identificarlas como grabados publicados por el Sun.
¿Quién escribió el relato y cuándo se desmontó?
La autoría se atribuye comúnmente al periodista Richard Adams Locke, que más tarde la reivindicó. El volumen recopilatorio de 1859 conservado en Internet Archive permite distinguir los números del periódico de la edición reunida. La atribución es ampliamente aceptada, pero no prueba cada detalle sobre las intenciones de Locke.
No es riguroso decir que “todo el mundo fue engañado”. La Library of Congress documenta reacciones posteriores y advierte sobre la mezcla de historia y leyenda. Hubo críticas mientras la serie circulaba: una reimpresión demuestra que viajó, no que todos la aceptaran.

La recepción tampoco se dividió limpiamente entre creyentes y escépticos. La Library of Congress señala que ambos grupos podían esperar con interés la entrega siguiente; algunos periódicos reprodujeron la historia con editoriales o advertencias. La polémica ayudaba a mantener la conversación y, a la vez, atraía lectores. Eso permite describir el alcance sin inventar una encuesta de opinión pública: conocemos fechas, reimpresiones y respuestas conservadas, pero no cuántas personas aceptaron cada criatura o detalle. Una historia puede circular muchísimo y ser discutida, parodiada o puesta en duda al mismo tiempo.
También conviene distinguir entre circulación y prueba. Un recorte en otro periódico confirma que la historia se reprodujo en ese lugar; no demuestra que el editor creyera el relato ni que sus lectores lo tomaran literalmente. Algunas republicaciones añadían comentarios propios y cambiaban el marco de lectura. Por eso las páginas conservadas sirven mejor para reconstruir cómo se contó y debatió el bulo que para asignar una cifra universal a quienes fueron engañados.
La Clements Library sitúa el 16 de septiembre la revelación de que la historia era falsa. Eso ayuda a fechar cuándo quedó desmontada, pero no prueba por sí solo que el Sun publicara una retractación formal: para afirmarlo habría que citar el número concreto. La discusión, además, ya había comenzado antes.
La lección no es que los lectores de 1835 fueran ingenuos, sino que un nombre famoso, una expedición real, una publicación citada y una imagen rotulada pueden parecer fuentes independientes aunque formen parte de una sola narración. Sabemos que el relato circuló y provocó debate; no tenemos una encuesta de la época que permita decir cuántas personas aceptaron cada detalle.

Las pistas para leer la Luna entre líneas
- Library of Congress: ilustración original del New York Sun y ficha de derechos
- Clements Library, University of Michigan: historia documental del Moon Hoax
- Library of Congress Folklife Today: creencia, leyenda y reacciones
- Edición reunida de 1859, digitalizada en Internet Archive
- Smithsonian Libraries: contexto y circulación de la serie de 1835



